La experiencia pascual es Cristo vivo en cada persona

Autor: Pbro. Emilio Betancur
9 abril de 2017 - 12:00 AM

Este es el fundamento y el motivo último de ser creyente: dejar que el resucitado nos vaya transformando en ser parecidos a Jesús.

Medellín

El final de Jesús había sido rápido e inadvertido por todos, salvo quizá por los discípulos que, junto a las mujeres y a María, sentían profundamente la desaparición de su maestro e hijo. La muerte de un enemigo del Estado, colgado de una cruz en la cima del Gólgota, era un evento trágicamente banal porque no eran pocos los que el imperio romano crucificaba por la falta de pago de los impuestos para poder mantener su templo, su ley y su cultura.

Para los discípulos, Jesús de Nazaret no era un delincuente común sino el representante de Dios en la tierra. Sin duda, la crucifixión marcó el fin del posible cambio del régimen judeo-romano, la posibilidad de reconstruir las doce tribus de Israel y de regirlas en nombre de Dios. Tampoco el Reino de Dios en la tierra sería instaurado, tal como Jesús les había prometido, y, para los pobres, se acababa la posibilidad de un cambio en su situación social; razones todas para que los discípulos desconfiaran de la causa, la causa de Jesús, retornando a lo único que sabían hacer: pescar, pero ahora como fugitivos de Jerusalén (años 30-35).

Sin duda les habían quedado buenos sentimientos en su corazón, incluso de agradecimiento, a pesar de sentirse desilusionados con lo ocurrido.

Lo inesperado

Entonces ocurrió algo extraordinario, aunque es imposible saber qué fue exactamente. Para los historiadores, la resurrección de Jesús es un tema extremadamente difícil de discutir, entre otras razones porque está fuera del ámbito de cualquier examen del Jesús histórico. Obviamente, la idea de un hombre que padece una muerte atroz y retorna a la vida tres días más tarde desafía toda lógica, razón y sentido.

Lo ocurrido consistió en que los discípulos comenzaron a sentir a Jesús vivo, que internamente los estaba cambiando. Cambiando en paz, sin temores para retornar unidos en comunidad a Jerusalén, siendo ya menos egoístas como lo había querido su maestro, dejando atrás el miedo a la muerte y parecidos en muchos aspectos a Él.

A este cúmulo de sentimientos se les llamó experiencia pascual. Este es el fundamento, la raíz, la piedra angular y el motivo último de ser creyente: dejar que el resucitado nos vaya transformando en ser parecidos a Jesús mediante nuestra acogida al Espíritu para que se encuentre con nuestro espíritu, y seguir con la misión de cambiar personas, pues Dios no obra sino por medio de personas.

Pablo es el testigo excepcional: “Si Cristo (el resucitado) vive en ustedes, aunque su cuerpo siga sujeto a la muerte, a causa del pecado, su espíritu vive a causa de la actividad salvadora de Dios. Si el Espíritu del Padre que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, entonces el padre que resucitó a Jesús de entre los muertos también les dará la vida a sus cuerpos mortales, por obra de su Espíritu, que habita en ustedes” (Rom 8,8-11).

Cristo está vivo en la comunidad, (ustedes) y la comunidad (ustedes) es lo que hace creíble la resurrección. Si lo que ocurre en nuestro interior por la acción del espíritu en el bautismo es cierto “por el bautismo nos sepultamos con Él en la muerte para vivir una vida nueva, lo mismo que Cristo resucitó de la muerte por la acción gloriosa del Padre” (Rom 6,4), entonces podemos dar testimonio de que la resurrección no es la animación de un cadáver que posteriormente puede volver a morir. Lázaro, de hecho, muere a causa de la enfermedad pero no queda reducido a la muerte por la intervención de Jesús; lo deja morir para protegerle la vida. El ser humano no se muere nunca porque está de por medio Dios como dueño de la vida, venciendo la muerte por su resurrección. Dios nunca ha tenido razones ni intenciones de quitarnos el regalo de la vida; para ello resucitó, para estar presente en el interior de todo ser humano; a pesar de que muchos no lo reconocen, pero ahí está.

Entonces no somos alma y cuerpo, como nos enseñaron los catequistas con los relatos griegos de la resurrección ¿Qué sería morir en Platón? Una liberación del alma encerrada en el cuerpo que espera en el Olimpo la consumación del cuerpo. Entre tanto, el alma tiene sucesivas encarnaciones y, cuando es tiempo de recoger el cuerpo, ya no encuentra nada. En ese contexto nació y creció el cristianismo. No parece ser una aceptación sino una imprecación cuando Santa Teresa dice: “esta cárcel y estos hierros en que el alma está metida, me causa dolor tan fiero que muero porque no muero”.

La cruz gloriosa.

Para los judíos, la vida de un israelita creyente debía terminar en Dios. De ese modo entendían la justicia y el hacerse justos delante de Dios; era otra manera de hablar sobre la salvación. De acuerdo con la confesión de fe de Pablo, la cruz nos salva, pues nos alcanza la fuerza de Dios para hacernos hijos en el Hijo (Rom 8, 14-17). Para Pablo, los seres humanos, gracias a la acción del resucitado dentro de nosotros, somos salvados de agotarnos, embebernos y sumergirnos en nuestras tendencias naturales Lo que nos salva de sí mismo es la cruz como entrega a los demás al mismo tiempo que nos muestra crucificados, es decir, donados. El crucificado-resucitado, obrando como Espíritu Santo en nuestro interior. Esa fuerza de Dios en el servicio a los demás termina haciendo gloriosa la cruz de Jesucristo, un crucificado-resucitado; todo lo cual equivale a ser creyente (es decir a imagen de Jesús). Servir, ayudar, ser solidarios, nos evita atendernos, cuidarnos a nosotros mismos y encerrarnos en nuestra propia carne.

Los relatos en los evangelios

Los relatos de la resurrección en los evangelios fueron creados justamente para eso, para dotar de consistencia a un credo ya aceptado, el misterio pascual, para crear un relato no ajeno a la creencia establecida en la resurrección; a las acusaciones o críticas que negaban que hubiera tenido lugar, argumentando que los partidarios de Jesús no habían visto nada más que un fantasma o un espíritu, y que pensaban que eran los propios discípulos quienes habían robado el cuerpo de Jesús para que pareciera que había resucitado. En la época en que estas historias fueron escritas, ya habían transcurrido seis décadas desde la crucifixión. En este tiempo, los autores de los evangelios habían oído prácticamente todas las objeciones concebibles que podían hacerse a la resurrección, y estaban capacitados para crear relatos que podían oponerse a todas y cada una de ellas.

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