La caída del muro en Colombia

Autor: Alejandro Álvarez
1 febrero de 2017 - 12:00 AM

Quizás desde la caída del de Berlín no se hablaba tanto de un muro. 

Quizás desde la caída del de Berlín no se hablaba tanto de un muro. Fue en los últimos meses que Trump, con su balbuceo xenófobo y hostil, logró poner la palabra en la lista de los temas de moda. No en una atmósfera de celebración por el avance hacia una sociedad más solidaria y unida -como la que se produjo con la reunificación alemana-, sino en un ambiente repulsivo, un escenario en el que vemos un siniestro retroceso de la humanidad. Hoy nadie desconoce que en pleno siglo XXI (¡y en el país más poderoso del mundo!) es seria la intención de construir un muro para insultar y segregar a todo un pueblo (a todos los pueblos). Bueno, pero con todo y lo grave de este drama, y deseando que no lo construyan -y que si lo hacen, sea derribado rápidamente-, no es el muro de Trump lo que me hace escribir hoy (logró arrancarme un par de frases, eso sí).

Sobre el que quiero escribir es un muro más cercano, pero inmaterial. Para su construcción, en vez de metal y concreto, se usaron tristeza, rencor y miedo. Es un muro que nos ha encerrado, frenado, separado y que ahora que lo veo tambaleante, quiero ayudar a tumbar del todo. Es el conflicto colombiano que como muro de violencia nos desplaza, nos aísla, nos impide conocernos y que, además, explotando el poder escandalizador de la sangre y la tragedia, sirve también de ocultador: distrae para dejar que se engendren y crezcan todo tipo de demonios sociales que benefician a unos pocos. Es un muro que ahora está cayendo.

Sigo pensando que en vez de decirle No en las urnas al Acuerdo con las Farc, nos hubiera convenido más a todos los colombianos seguir otras vías para “mejorar” lo acordado (asumo inocentemente -y qué viva la ironía- que ésa fue la verdadera intención de la pequeña mayoría victoriosa). Con una insistencia más inteligente en el llamado a una unión por la paz, por un lado, y con una participación más constructiva y colaborativa -además de basada en argumentos reales y pertinentes-, por el otro y sobre todo, tendríamos un país más entusiasta, con más ganas de saber qué es una sociedad pacífica y trabajar por hacerla realidad. Lo hecho, hecho está e incluso con tropiezos el acuerdo se logró y por eso -sin vergüenza por abusar de un lugar común- repito: estamos en un momento histórico. ¿No describe bien este adjetivo estos tiempos en los que el muro de violencia -que surgió como consecuencia de la inequidad, la injusticia y la corrupción- se está desmoronando para dejarnos ver precisamente esa obvia revelación: que el problema fundamental nace de ellas y no de una u otra guerrilla?

A medida que cae el muro-conflicto, la raíz del problema va siendo cada vez más descubierta (en el sentido de expuesta, porque la corrupción, la injusticia y la inequidad ya estaban identificadas). Hay que aprovechar la claridad, ésta es la ocasión: hay que arrancar el problema de raíz. En una próxima ocasión escribiré sobre justicia y equidad. Hoy comienzo a terminar esta columna enfocándome en la corrupción y diciendo que la paz que necesitamos, la que no sólo mengua la violencia, sino que además crea condiciones que desfavorecen la aparición de nuevos conflictos (a la vez que favorece que los que aparezcan se resuelvan sin recurrir a la violencia), esa llamada “paz positiva”, no puede ser alcanzada en una sociedad corrupta. Nada de lo relacionado con un mundo sostenible puede ser alcanzado con nuestros niveles de corrupción porque una sociedad corrupta es pobre, desnutrida y enferma, además

de ignorante, machista y desigual. Es una sociedad a la que no le importa acabar con la naturaleza o con la dignidad de las personas para hacer que unos pocos se lucren.

La lucha contra la corrupción debe ser enérgica, frontal y contundente. Mi invitación es a formar una oposición colectiva contra la corrupción. Dicho esto, dejo que Fernando González termine por mí diciendo: “Venga toda la niñez, toda la juventud, todo lo que es porvenir, a la oposición, porque nos han engañado y van a decir que no dejamos huella en esta bendita tierra que habitamos”.

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