La avalancha

Autor: Sergio de la Torre Gómez
18 febrero de 2018 - 12:08 AM

Las únicas que no lo notaban, pese a las repetidas alarmas de los alcaldes y demás autoridades locales, eran las agencias del gobierno central

El flujo migratorio de Venezuela a Colombia viene de tiempo atrás. Pero se agravó hace un año y hoy parece incontenible: se medio controla en los puentes y pasos fronterizos, mas no en las brechas, que son muchas (tantas cuantas sean necesarias), harto desconocidas por nuestras autoridades en una frontera tan larga como la que tenemos. El éxodo masivo de ahora se ha debordado, tanto que a veces semeja una avalancha. Desde el comienzo estaba cantado, pues no podía ser menos que proporcional a las penurias y hambruna, en continuo aumento, que afligen al grueso de la gente allá. Sobre todo, a quienes por no comulgar con el régimen (la inmensa mayoría) no disfrutan el raro privilegio de recibir alimentos, asistencia médica y otros servicios básicos que ahora son corrientes hasta en Haití y otros países caracterizados por su pobreza ancestral.

Vea también: Ayuda y control anuncia Santos en la frontera con Venezuela
En ciudades limítrofes como Cúcuta y aún en las del interior, y en los más de cuarenta pueblos menores que habemos a este lado de la frontera, hace ya tiempo se sentía la presencia de venezolanos indigentes durmiendo en los parques. Las únicas que no lo notaban, pese a las repetidas alarmas de los alcaldes y demás autoridades locales, eran las agencias del gobierno central responsables de asuntos tan cruciales. Como si tuviéramos aquí dónde alojar y cómo mantener y cuidar a una población de semejante magnitud que nos visita para quedarse y ya pasa del medio millón de personas. Y que se disparará más si no se aboca en serio el problema con un plan de contingencia para paliarlo y, paralelo a él, otro plan, de fondo y largo aliento, dado que buena parte de esa avalancha humana (el grueso, digamos) no se regresará pronto, acaso nunca, por no poder, o por no querer, pues la situación de su país no se presta para ello, y tardará en normalizarse.

Vea también: La amenaza que ronda
Esta emergencia entonces no se resuelve con paños de agua tibia, sino restringiendo, de entrada, el acceso, más aún de lo que ya se hace. Y reclamando de la ONU (que tan celosa se muestra aquí, de cuerpo presente, en otros asuntos que nos incumben), de los países vecinos y la comunidad internacional, compartir una carga que nos rebasa. Nuestro gobierno, parsimonioso y tardo en todo lo que demanda su atención inmediata, vino a pronunciarse al respecto hace apenas unos días. Hasta entonces estuvo impasible, como suele mostrarse cada vez que tropas venezolanas incursionan en nuestro territorio para atropellar y saquear. Y la inefable, perilustre canciller Holguín, que sólo da la cara y deja oír su voz cansina y desganada para repetir lo que diga el patrón, obviamente no añadió nada de cuanto esperábamos oír para tranquilizarnos en algo ante la crisis que ella misma dejó crecer en una proporción que hoy desborda a Colombia. Pero ¡qué le vamos a hacer! Por insólito que suene ella misma parece no haber entendido el cargo que desde hace 2 cuatrienios ocupa sin desempeñarlo.
La despreocupación esencial del gobierno frente a la tragedia humanitaria en comento, data del año 2010, cuando se creyó que absteniéndose de reclamar, o de inquirir siquiera (discretamente, por la vía diplomática, que es la menos engorrosa) sobre éste y otros problemas cruciales que se originan allá, Chávez no estorbaría los diálogos de La Habana. El cálculo falló: desde allá, con anuencia oficial comprobada, la guerrilla supérstite del Eln, por ejemplo, sigue programando sus atentados en territorio nuestro. A eso conduce siempre la pasividad que, al tomarse por cobardía, se aprovecha para abusar del vecino. Y, ¿quién gana con el éxodo masivo? Pues Venezuela que auspiciándolo está resolviendo en buena medida sus problemas de escasez, insalubridad y desempleo, por la vía de exportárselos a su vecino más vulnerable e irresoluto, el cual no ha podido resolver siquiera sus propias carencias y faltantes. He ahí una bomba de tiempo que si no se desactiva pronto, nos estallará en la cara. Hablaremos de ello en próxima ocasión. 

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