La amenaza que ronda

Autor: Sergio de la Torre Gómez
11 febrero de 2018 - 12:09 AM

El fantasma del castrochavismo (fantasma, amenaza o peligro, llámenlo como gusten), tanto como se le subestima en ciertos círculos, y por burlas que merezca, incidirá en las elecciones

El modelo económico que, a los trancazos e imitando a Cuba, se ha querido implantar en Venezuela es la demostración viva del fracaso del socialismo en el trópico latinoamericano. Trópico que por naturaleza es refractario a la disciplina y en substancia repele la planeación y el mínimo orden requerido para un proyecto de sociedad tan exigente que hasta en comunidades tenidas por muy estrictas y flemáticas (verbigracia en Europa o Asia) ha resultado fallido. Lo más que resiste una economía que aspire a la racionalidad en el marco de un relativo socialismo, sin naufragar en la utopía o en el caos, es la vieja fórmula europea, intermedia, bismarkiana, de la “socialdemocracia” o “estado del bienestar”, que niveló a las sociedades en el Viejo Mundo a partir de Alemania, los países nórdicos e Inglaterra. Mas lo que se inventó Chávez en este rezagado hemisferio es todo un pandemónium, la mezcla demencial de muchos ingredientes, improvisados todos sin orden ni concierto, sin consistencia alguna. Simplificando, cabría describirlo como una masa lumpen, holgazana, medio adoctrinada y presta a todo, pagada con subsidios y comida gratuita en un país donde prevalece el hambre. Y sobre ella una elite militar sumergida en la corrupción.

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La presente crisis desde hace años ronda a Venezuela y en cualquier momento alcanzará su clímax, exacerbada por la hiperinflación, el desempleo y la indigencia abismal que allá reina. Cuando esa crisis estalle veremos a la nueva elite huyendo en masa hacia Cuba, Medio Oriente, Norcorea, o donde convenga recibirla. Parte del drama vivido allá, no lo olvidemos, fueron y son los consabidos atropellos a los colombianos, cuando eran éstos los que, mudando de país, allí se radicaban en busca de futuro, y no al revés como ahora. La soberbia de Chávez y Maduro era la misma del Rico Epulón de la leyenda, que socorría al pobre mientras, pavoneándose, se solazaba al humillarlo. Bien distinto, por cierto, a como proceden los denostados yanquis y sus pares en Europa, que le brindan trabajo a nuestros compatriotas respetando su dignidad y derechos. Compare el lector ambas actitudes, por si le quedan dudas, para que las despeje. Si con ello no bastara, agreguemos la intromisión desembozada en el conflicto interno, alojando y abasteciendo a nuestras dos últimas, o penúltimas, guerrillas.
A propósito de lo anterior, recordemos cómo Petro y sus afines no se cansaban de alabar a Venezuela, prometiendo replicarnos, en cuanto pudieran, el mismo experimento que allá falló. A tiempo que cohonestaban con su silencio el trato dado a sus compatriotas. Pero cambiaron en las últimas semanas: ahora critican con la mayor frescura a sus benefactores de ayer. Lo cual de poco les servirá si lo que pretenden es borrar sus culpas, pues en los comicios venideros la sociedad (los estratos medios y superiores, pero también una buena porción del pueblo raso) sabrá cobrarles su abierta complicidad, o su taimada connivencia, al no denunciar y protestar, como debían hacerlo si tan escrupulosos y demócratas eran.
En la coyuntura que vive el subcontinente (ya escarmentado por una ola de populismo que no dejó sino ruinas) si algo asusta a los colombianos es el riesgo de caer en el mismo abismo de Venezuela, el de llegar a parecerse a ella, así sea en parte, repitiendo ese dantesco drama suyo. Que es el castigo que reciben los pueblos por confiarse en el primer demagogo o prestidigitador que aparezca, como casi le pasa a Colombia en 1970 con el rojaspinillismo y su persuasiva, a la par que engañosa, “dialéctica de la yuca”. Esta vez la gente saldrá a votar, más que por cualquier otra razón, por ésta, que le preocupa y la mueve a aprovechar la ocasión de decidir, de una buena vez, en las elecciones citadas, su propia suerte. Así será, a no dudarlo. El fantasma del castrochavismo (fantasma, amenaza o peligro, llámenlo como gusten), tanto como se le subestima en ciertos círculos, y por burlas que merezca, incidirá en ellas más de lo que imaginan o desean los dubitativos de toda hora, o los resignados.

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