Improvisaciones, desconceptualización, mala ortografía

Autor: Álvaro López Rojas
5 septiembre de 2017 - 12:09 AM

Cuando no hay voluntad, ni conocimiento, ni experiencia en materia de manejo de ciudades, tiene que pasar lo que vivimos actualmente en Medellín, donde la ignorancia y la indolencia oficial campean.

Los alcaldes son, ni más ni menos, los gerentes de las ciudades, lo que los pone en el contacto directo con el pueblo, sus esperanzas, sus necesidades y con la debida administración de sus recursos. Como político, quien aspire a ser alcalde, debe ser consciente de las carencias de la localidad respectiva: para cada problema debe haber una solución, y para solución un experto. Como ser humano, un alcalde tiene limitaciones en materia de saberes, pero con la voluntad de servir bien, la falta de conocimientos en materias específicas tiene que ser atendida con la presencia de colaboradores con competencias suficientes para asumir la solución de los problemas, sobre todo técnicos, que se requiere para que la municipalidad funcione en aras de la felicidad colectiva.

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Hay quienes son enemigos de las reglas ortográficas y con esa enemistad con las buenas letras, han llegado hasta el Nobel, pero más allá de la ignorancia que conlleva la mala escritura, hay un componente sicológico que genera negaciones de las relaciones de las palabras con su origen. Cuando ni siquiera se sabe escribir, la movilidad aparece como cosa nueva en el vocabulario de los administradores. Es como si no hubiera la familiaridad del constante tratamiento con los conceptos; es como si se desconociera el derecho a moverse con seguridad por la ciudad.

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Otro tanto sucede con el tratamiento que se le viene dando al centro con pretensiones retoricas de recuperación. La discusión sobre si la avenida La Playa debe ser una especie de paseo como La Castellana o Las Ramblas, terminó siendo interpretada por esta administración con la instalación patética de unos gigantescos tanques de agua convertidos en materas y de bancas, en plena calle, obligando a los vehículos a zigzaguear peligrosamente, y a dificultar la circulación de taxis, ambulancias y entregas de mercancías en una zona en la que abundan los adultos. Eso sin contar con las políticas públicas de espectáculos que parecen que no están sometidas a las normas policivas de control de ruidos.

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La verdad es que la planeación de la ciudad ha sido precaria en los últimos tiempos. No se nota la dinámica transformación de ciudad que vivíamos en Medellín. Los centros de las ciudades tienden a ser recuperados para convertirlos en habitáculos de actividades que atraen inversión y turismo. En nuestro medio, acudimos a una señora sin conocimientos ni experiencias y a un gerente que no sabe que hacer con lo que le entregaron, para multiplicar los casos de inseguridad e informalidad. No hay razones para que la glorieta del TPTU se haya convertido en un comedor al aire libre, ni para que la avenida La Playa sea ahora una verdadera carrera de obstáculos con un amueblamiento feo, de mal gusto, que parece diseñado por un enemigo del alcalde, o de la ciudad. Ojalá que nuestro alcalde no sea el inspirador del esperpento y se vuelva una segunda instancia.

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