Girolamo Benzoní y tantos moscos que pican (sobre la leyenda negra)

Autor: Memo Ánjel
14 octubre de 2018 - 09:05 PM

Y cuando lo pienso, me parece imposible que un cuerpo humano haya podido resistir tanto.

Girolamo Benzoní. Historia del Nuevo Mundo.

Medellín

Buscando la leyenda

El descubrimiento de América (otros dirán que la invasión), comenzó el 12 de octubre de 1492, aunque en el diario de Colón no me menciona este día, sino que se pasa del día 11 al 13. El día 11 se habla de lo que vieron flotando en el agua (yerbajos, una caña tallada, una tablilla) y de cómo a las diez de la noche Rodrigo de Triana vio hogueras encendidas, lo que ya significaba tierra, aunque no lo creyó y llamó a otros (a un pastelero y a un veedor) para certificar que no lo estaban engañando los ojos. Y al llegar Colón, el almirante dijo que sí, que lo que se veía era tierra y todos dijeron Salve. Y ese día once se traga al doce, porque para Colón fue un mismo día que comenzó por la noche y se extendió hasta la siguiente (como se cuentan los días judíos). Y en ese tiempo extendido se discutió sobre el jubón de seda y los 10000 maravedíes que recibiría quien viera primero tierra, cosa que al fin no se supo bien y parece que dejó a Colón mal parado (hubo conato de acusarlo de ladrón), aunque la cosa pasó por encima (de momento) pues al amanecer vieron aves de colores, indios desnudos y todos con la misma edad de Adán, treinta años, pintados y luciendo tiras de algodón, todo en un ambiente muy propicio para hacer negocios, como también para aliento de los hombres que llegaron en las carabelas, pues las indias eran muy bellas y bien formadas. Y ya lo que sigue se sabe, aunque son más las mentiras que las verdades y de allí cada historiador toma lo propio para hablar de lo que pasó o pudo haber pasado, de lo que fue o se inventó. Y el único testimonio es el diario de Colón y la carta a Luis de Santangel (tesorero del rey Fernando), en la que el almirante miente para que le crean que llegó a La Indias y lo que encuentra es maravilloso. Con la fantasía ha comenzado la conquista del Paraíso, el día trece, que es sábado. Y váyase a saber si lo celebraron algunos, que en el primer viaje venían conversos y ningún fraile que metiera sus narices en creencias de herejes.

Vea también: El oro de Cajamarca y Jakob Wasserman

El descubrimiento de América, cosa de la que sólo se enteró Américo Vespucio cuando hizo la carta de marear y supo que no habían llegado a China ni a Japón sino a una tierra nueva, está marcado por la leyenda. Los que llegan, buscan lo que antes han leído (o escuchado) de los libros fantásticos de viajeros como Marco Polo, el abate de Mandeville, Ibn Batutta, Benjamín de Tudela y autor anónimo de la Isla de San Barandán, que se mueve sola y vaga por el reino de Antilia, donde siete obispos han fundado siete ciudades que contienen todas las riquezas de griegos y moros y, como en el imperio de Mali, el oro aparece para quien lo pida o encuentre por ahí tirado (como bien lo explica Felipe Fernández Armesto, en su libro 1942), a más de encontrar también el camino a la fuente de la eterna juventud, el país de la canela y el reino de las amazonas. Y en medio de todas estas leyendas (que algunos como Ponce de León, Orsúa, Orellana y el padre Carvajal dieron por ciertas, jurándolo) está la de Colón, del que no se sabe su origen (genovés, vasco, catalán, portugués, judío, noble, hijo de unos cordeleros) ni nada de sus primeros años, de los que algunos como Jean Descola dicen que fue pirata, entendido en astronomía y ciencias náuticas, aventurero, contrabandista, hombre muy religioso e infortunado, en fin. Lo que se sabe es que llegó a las Indias (esa fue su mayor confusión), descubrió que la aguja de la brújula no señalaba siempre al norte, sino que vibraba atraída por la estrella polar (que no estaba sobre el polo) y así se movía sobre un plano inclinado, imantado. Y que estuvo seguro de haber descubierto la entrada al Paraíso, cuando entró, en su cuarto viaje, por el estero del Orinoco. Lo demás, entre mentiras, diarios con apuntes trucados y testamento que olvida deudas y cobra otras, lo sabemos por el padre Bartolomé de las Casas, don Hernando Colón y Pedro Mártir de Anglería (cronista que nunca estuvo en América), que en sus Décades del Nuevo Mundo, crea una biografía del Almirante por boca de terceros, aunque él dice que lo conocía bien y era su amigo, tanto que no lo denuncia cuando sabe que vive con Beatriz, la judía conversa, que le dio a Colón los calores de una Sulamita, unas buenas sopas calientes, buen cobijo y, quizá, lo introdujo de nuevo en el Talmud, según da a entender Newton Frohlich, en su libro 1492, tomando datos de Salvador de Madariaga, defensor de Colón como judío.

Y sigue la leyenda

Los cronistas de Indias (algunos muy sabios como López de Gomara, Fernández Oviedo, Bernardino de Sahagún, Motolinia) llegaron a estas tierras a nombre del rey y contratados por los conquistadores. Y como eran hombres de su tiempo, buscaron también las leyendas de los antiguos griegos y romanos, bizantinos y las encontradas en las distintas traducciones de los árabes, a la vez que justificaron las guerras contra los indios (el texto de Juan Ginés de Sepúlveda defiende la guerra justa con argumentos platónicos y aristotélicos), a los que siempre vieron como salvajes y propicios, si no eran muy guerreros, a insuflarles el alma. Sus crónicas que, a más de defender a los conquistadores, hablan del mundo encontrado, de los animales y plantas, de las etnias y cosmologías (que consideran bárbaras), excluyen la parte trágica de la conquista: las torturas, las mentiras continuadas, la codicia desmesurada, el irrespeto por las creencias, el delirio y la traición a cualquier norma. Su oficio es narrar el mundo nuevo y cómo España, con Dios de su parte, lucha contra un demonio. Y en esa lucha (que es una continuación de las guerras contra los moros), abundan los saqueos, la necesidad loca de oro, el poblamiento a partir de la violación y embarazo de mujeres, la esclavitud de los locales y la destrucción de la cultura. Con la conquista llegó el desprecio. Y si bien no se puede decir que los americanos fueran santos, pues entre ellos también se invadían y mataban, se sacrificaban y esclavizaban (Hernán Cortés logra conquistar México con la ayuda de la Malinche, una princesa renegada, y Francisco Pizarro se toma el Perú con la venía del hermano de Atahualpa), es claro que todo pudo terminar pactando entre unos y otros, como pasó al principio, pero no. Los pactos se violaron, la codicia se impuso y a tal punto que hubo cronistas que se rebelaron contra lo que pasaba (como el dominico Bartolomé de las Casas, Bernal Díaz del Castillo y el Inca Guamam Poma de Ayala, que las dibujó), denunciando el mal actuar de los españoles, pero se necesitó mucho tiempo para que se oyeran sus voces. Y cuando esto pasó, se echó tierra encima, se acrecentó la ignorancia a partir de las historias oficiales y se habló de una leyenda negra creada por los ingleses, los calvinistas y los luteranos quienes, para defender sus intereses, hablaron con horror de la conquista española, lo que les servía para justificar sus propias tropelías.

La leyenda, entonces, comenzó a tener defensores y atacantes, aparecieron aportes y destrucciones, odios y auto odios (muchos latinoamericanos hablan mal de los españoles siendo estos sus antepasados y si hay que hablar del violador y el saqueador, este está en el árbol genealógico de quien los ataca), delirios de víctimas y victimarios y hasta la aparición de un latino-americanismo mítico con los murales mexicanos. Frente a esto, Ernesto Sábato dijo: si vamos a ser tan latinoamericanos, habrá que dejar de hablar español, pues ni esa lengua nos pertenece. Un burlón, el escritor argentino.

La última leyenda negra.

A mediados del siglo XX, en América se tradujo (bien que mal) La historia del Nuevo Mundo (Historia del Mondo Nuovo), escrita por un tal Girolamo Benzoní, y publicada en Italia en 1565 y reeditada en 1572, para ser luego traducida al alemán, el inglés, el francés y el holandés, lenguas estas con muchos herejes. En español no, pues fue prohibida y perseguida, quemada y sambenitada (sayo de herejía), hasta que pudo españolizarse en 1989, en la traducción de Manuel Carrera Díaz, seguro como fruto del destape español, la muerte de Francisco Franco y los gobiernos socialistas posteriores, que se encogieron de hombros. Si el mundo es como es, a qué hacerse aguas.

De Girolamo Benzoní se sabe lo que él mismo dice de él en el libro. Y es posible que haya existido y viceversa. Se nombra milanés e hijo de una familia venida a menos, gran viajero y, por esos azares del destino, conocedor de buena parte de América (las Antillas y Perú), a donde llegó para narrar lo que pasaba y no dar cuenta de lo que él hizo en estas tierras, pues nunca habla de sus acciones sino de las de otros (los españoles) que hacen de las suyas con los indios y con ellos mismos. Se diría que Benzoní es un testigo y una especie de fantasma que todo lo ve sin comprometerse y solo alarmándose por lo que pasa, que es lo peor que ha visto.

En su crónica, que a veces roba de otros libros (usa mucho el de López de Gomara), habla de climas e indios, frutas y cereales, rutas y ciudades a las que llega (algunas ya destruidas antes de que él llegara), barcos cargados con oro y esclavos indios para vender en Europa (siempre me he preguntado qué pasó con esta gente y sí se mezclaron allí, pues según Colón eran gente muy apetecible y libre del pecado original), saqueos brutales, envenenamientos, torturas terribles, luchas por el botín, traiciones varias, en fin, su libro está lleno de horrores monstruos, sádicos, frailes rijosos y todos los diablos, muchos salidos de los libros sagrados y por eso en estado de legalidad para andar pecando por ahí.

El libro de Girolamo Benzoní (que dice haber llegado a América en 1541, a la edad de 22 años), fortalece la leyenda negra, pues mucho de lo que cuenta es cierto, pero también presenta dudas dado que se contradice en tiempos, personajes y sitios. Algunos dicen que es un libro falso, escrito por calvinistas para desacreditar la conquista, y puesto en boca de un Girolamo Benzoní que no existió. Sin embargo, este libro fue dedicado al Papa Pío IV, en la primera edición, 1565; y al senador Scipione Simoneta, en la segunda, 1572. Aclarando que, para esos días, el Papa ya tenía informes de los españoles en América y estaba de mal humor por ello. Y que los italianos, buenos comerciantes y deseosos de puertos en el nuevo mundo, también pensaba lo suyo con relación a lo que estaba pasando al otro lado del mar. Sea como sea, el libro Girolamo Benzoní (la última piedra en el zapato para quienes defienden la Conquista), es un texto claro y sin disquisiciones filosóficas ni moralistas, adjetivos muy precisos e informaciones amplias sobre las Antillas y el Perú, en el siglo XVI. Y para los aventureros, una guía de comportamiento entre gentes peligrosas y desalmadas, propicias al infierno y a mirarlas de reojo, con la boca muy bien cerrada y la mano puesta en el puñal.

Lo invitamos a leer: Alberto Gerchunoff y los gauchos judíos

Que la conquista de América sea cosa de leyenda, no es de extrañar. Los que vinieron, llegaron a buscar oro y monstruos, que es la mixtura de las ilusiones. Y oro había y a los monstruos los inventaron para justificar la guerra, el salvajismo del otro y la codicia, que es un monstruo que nos habita las entrañas. Y en el caso de Girolamo Benzoní (en el caso de que hubiera existido), los monstruos abundan. Y quizá él mismo sea uno, pues no cuenta lo que hace sino lo que ve hacer. Y sin que le hagan daño las picaduras de los mosquitos, que eran muchos.

 

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