Erich Hakl y los tiempos normal-anormales

Autor: Memo Ánjel
21 enero de 2018 - 12:14 AM

(Sobre el asunto de la mismidad peligrosa)

Medellín

Los tiempos normales.

La normalidad es lo que toca a la mayoría, así sea una enfermedad. Sí las masas están en guerra, lo corriente es guerrear; sí la fiesta es general, lo festivo es la constante; si todos se hunden, lo más propio es hundirse. Hay una cierta complicidad pasional con lo normal, así sea malo y dañe. Los predicadores, para hacerse a su puesto, primero generalizan y vuelven normal el pecado, los demonios, los enemigos, la mujer del prójimo. Luego, iluminados, vuelven normal la lucha contra lo que han mostrado como como una peste e incitan a entrar en otra normalidad, en nombre de dioses que varían según el credo, la economía, los niveles de educación y los niveles de desencanto. Y como a todos nos falta algo o buscamos sin encontrar, entrar en los tiempos normales es una manera de estabilizarse, al menos con relación al afuera. Y es que en la desmesura muchos se esconden. Es lo que Ari Shavit, en Mi tierra prometida, llama el mal compartido que, aplicado en lo permitido, no condena a nadie. Era lo que pasaba, lo que hacían todos, lo legal. Quizá por esto, Vasili Grossmann, en Todo fluye, al fin no acusa a nadie y solo cuenta lo que pasó, como revisando un libro de contabilidad: tantos a un lado, tantos al otro, deberes tantos, haberes tantos. Y tantos, como pasa entre los árabes, se cifra con el número mil, que significa muchos y da aspecto de normalidad. Esos miles los usó Marco Polo en su relato para que le creyeran que sí había estado en las tierras del Khan. Lo normal, entonces, es una multiplicación, a favor o en contra. Y como si nada.

Después de la guerra, vueltos a los tiempos normales, no hay historias felices. Y todas de una u otra manera, se parecen (al contrario de lo que dice Tolstoi) y se comparten. Y en esas memorias, que no paran de dar crías, hay un lugar vacío en el corazón que no contiene amor ni pecado y que permanece intocable para poder abrir los ojos y seguir esperando a que el tiempo nos aplique la teoría entrópica, que es cuando todo se acaba y solo queda una oscuridad, como dice Arhur Miller en su novela corta, El punto de mira: y sonó un disparó y todo se volvió negro. Y allí, en ese lugar vacío, quizá haya alguien sentado en un taburete que se muerde las uñas y se apoya en la punta de los zapatos como si quisiera salir volando.

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En los tiempos normales (sean estos los que sean: la esclavitud, la persecución, la mezquindad, los índices económicos, la corrupción), el corazón solo interesa a los médicos y a los que fabrican regalos.  Y si bien hay emociones, estas aparecen pero nunca tocan el lado vacío del corazón, que es donde nadie suelta la lengua, en el que se piensa y no se habla y en el que permanecemos siendo lo que han hecho de nosotros. Y no se puede decir que sea un lugar oscuro, pues estaría lleno de oscuridad, sino vacío, con nada dentro más que nuestro propio yo.

Una historia

Las tragedias son particulares y las comedias generales. Eso ya se sabe. Así como se sabe que decirle la verdad a otro es herirlo y por eso, a una verdad hay que agregarle mentiras, eso que pudo pasar y no pasó. Es lo que le pasa a la memoria creando olvidos. Es una manera de pactar entre unos y otros. Es un estado de normalidad y por eso toda certeza pactada hay que investigarla, pues dentro de lo uno siempre está lo otro. Investigación que resulta peligrosa, pues va contra los principios, la imagen y la civilización, palabra que nos lleva a que nos bañemos, no comamos con la mano y nos peinemos.

El lado vacío del corazón es una historia que desarma un estado de normalidad. Y su autor es el escritor austriaco Erich Hakl (Styers, 1954), que ya ha desarmado otras (es un experto en rompecabezas históricos), convirtiendo esos estados de normalidad en anormalidades, que si no bien no son grotescas, sí son terribles. Porque lo terrible existe en nosotros y ahí se cría, controlado por alguna máscara. Y esta historia que cuenta, El lado vacío del corazón (cuyo título en alemán es Familia Salzmann, relato de nuestro medio) comienza con un caso de acoso laboral en una institución de Seguridad Social del Estado. Ya han pasado cincuenta años del final de la guerra y el personaje, Hanno Salzmann, es segunda generación de  tiempos normales. Y, para entrar en estado de anormalidad, ha soltado que su abuela murió en un campo de concentración, lo que hace que sus jefes y compañeros comiencen a acosarlo: lo señalan como perturbador, se burlan del apellido, le ponen trabas en los exámenes de ascenso, conjeturan que ha querido acosar a una mujer, lo convierten en judío sin serlo. Y es claro que Hanno Salzmann no lo es y por eso  la historia hace un flash-back (como se dice en cine) para contar la historia de su abuelo, Hugo Salzman, un comunista activo en los tiempos del nazismo, que se exila en Francia y de ahí, antes le propusieron que se hiciera miembro de la Legión Extranjera (a lo que se niega), lo devuelven a Alemania para ir de presidio en presidio, a la par que su mujer, Juliana, es acusada de no se sabe qué y al fin muere de fiebre tifoidea en Ravensbrük, un campo de concentración para mujeres a 90 kilómetros de Berlín, en el que, también, se entrenaban las guardias SS para aprender a ser brutales. Ese abuelo sobrevive, al igual que su hijo (criado por una tía, Ernestine), que nunca logra entenderse con el padre, vuelto a la normalidad tallando figuritas de madera y de hueso, y se hace preguntas sin parar sobre la madre, llegando quizá a inventarla, porque Hugo hijo vive en la normalidad de las invenciones, primero tratando de vivir con un padre que lo aleja y luego en la RDA (la Alemania comunista), donde todo se inventa para no caer en desgracia ante los comisarios y las autoridades del partido. De ahí sale como puede y, entre saltos y caídas, nace Hanno, que es quien, viviendo un acoso laboral terrible en un país ya normalizado, abre y cierra la historia. Lo han convertido en un anormal dentro de un tiempo normal que contiene en su interior todos los prejuicios de la guerra, en especial el antisemitismo, lo que legitima la mezquindad y la exclusión. Es que todo ha cambiado para que nada cambie, como dice Giuseppe Tomasi di Lampedusa en El Gatopardo, la gran novela política del siglo 20. De ella, Luchino Visconti, en 1963, hizo la película.

La anormalidad

Erich Hackl es un gran escritor, investigador y tejedor de datos (lo de tejer le vendrá, quizá, de su abuela). En términos de novela policíaca, uno de esos con olfato para encontrar algo grueso a partir de un mero botón o la colilla de un cigarrillo. Y su especialidad es la anormalidad en las gentes normales, que son las que hacen o hablan de buenos tiempos, así y otros digan que fueron los peores. Hay hombres y mujeres a los que les va bien en el infierno. Y para Hackl, que desciende de mineros combativos, lo que le permite abrir huecos en la historia y entrar por toda clase de socavones, la normalidad es algo que hay que mirar con cuidado, como cuando uno se encuentra con una circunferencia, que pareciendo una pelota es una bomba. Porque lo normal, cuando tanto se lo publicita, contiene lo suyo. En Adiós a Sidonie, una de sus novelas, lo normal de una niña, termina siendo su perdición por gitana. Y no por esa condición sino por la que le crearon los normales, encontrando la manera de excluirla: una mala nota, un día en que llega tarde, la lentitud en una respuesta. Y En el lado vacío de corazón, la normalidad de una institución de Seguridad Social del Estado crea un judío (ya lo decía Sartre, al judío se lo define desde fuera) y se ceba en él. Y uno se hace la pregunta: ¿contiene ese lado vacío del corazón la necesidad de destruir al otro? ¿Contiene eso que nos hace crueles? ¿Contiene eso que la ética no ha logrado permear? ¿Contiene un cuchillo con el que nos damos placer hiriendo a otro? Los escritores no son psicoanalistas, solo plantean el problema y lo dejan en cuestión. Y parece que eso que contiene la normalidad (sus anormalidades) es lo que se sabe y siente, y no se dice. Vuelvo a una frase que ya escribí antes: después de la guerra ya no hay historias felices. De ahí salimos deformados, buscando direcciones como Patrick Modiano, huyendo de su mismidad peligrosa sin lograrlo.

Lo invitamos a leer: Memo Anjel y su itinerario lector

A Erich Hackl lo conocí en Viena, comimos un Wiener shnitzel (carne de ternera apanada) y nos reímos. Caminando con él dejé a mi madre (inventada) sentada en un parque, cerca al canal del Danubio. Supongo que ahí sigue ella, con las manos sobre su bolso y rodillas, mirando como juegan los hijos de los obreros. Luce un sombrerito redondo, rojo, creo.

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