En Golondrinas, las mascotas motivan a superarse y a aprender

Autor: Diana Sofía Villa Múnera
14 mayo de 2017 - 02:00 PM

La Fundación Golondrinas realiza, desde hace 8 años, actividades asistidas con animales con el fin de incrementar la motivación de los niños pero también con fines terapéuticos.

Medellín

Al teatro del centro educativo Villa Liliam de la Fundación Las Golondrinas, una fila de 20 niños –de entre cuatro y cinco años– entra marchando al ritmo del Chuchuwa. Adentro los esperan algunos de sus acudientes y tres psicólogos, pero es Conchi –una labradora de 10 años– la que más emociona a los pequeños.

Después de sentarse en el suelo, pasa Conchi, custodiada por su entrenador, para darle la pata a cada niño.

Aunque una vez al mes los niños hacen esta actividad, muy pocos recuerdan el nombre de los psicólogos que la dirigen, pero, eso sí, todos tienen claro que el nombre de la peluda de cuatro patas es Conchi.

La actividad del día se trata de una sesión del programa Pasitos Lectores, en alianza con la Biblioteca La Ladera de la Comuna 8, que tiene como fin la estimulación de hábitos de lectura entre padres y niños en primera infancia.

El teatro es un espacio pequeño, sin sillas y decorado por los mismos niños con papel craft, papeles de colores y materiales reciclables. Allí hay seis estaciones, que representan el bosque, la casa, la tormenta de nieve, el pantano, el río y la cueva.

Los niños las recorren en fila, guiados por Conchi, mientras Dani, uno de los psicólogos, narra en voz alta y expresiva el cuento Vamos a cazar un oso.

“Suachs, suachs, suachs. Tupititupititupititap. Glup, glup. Plochi, plochi, plochi, plop”.

Dani va cambiando de onomatopeyas mientras los niños–ahora convertidos en cazadores– atraviesan el bosque, el río, la tormenta y el pantano.

Antes de llegar a la cueva, Conchi se adelanta y se esconde por detrás, para sorprender a los niños que se atreven a meter la mano a la cueva donde –siguiendo la historia– debe estar el gran oso.

“¿Quién le teme al oso?” pregunta Dani, siguiendo la lectura, para luego responder: “nadie. Aquí no hay ningún miedoso”.

Los padres y acudientes, desde atrás, observan cómo los niños hacen el recorrido y se asombran con la historia que narra el cuento.

Después del recorrido -en el que finalmente la historia enseña que no se debe cazar a los osos-, cuarenta manitos se acercan para sobar a Conchi, que espera paciente a que los niños le agradezcan por haberlos guiado en la aventura.

Después del cuento, los papás quedan con la tarea de escribir un cuento corto para luego leérselo a sus hijos antes de irse a casa.

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Una propuesta educativa

La presencia de Cochi en las salas de desarrollo de la Fundación Golondrinas no es inusual. Y, además de ella, la Fundación cuenta con otros cuatro caninos que acompañan actividades o terapias para niños con discapacidad.

Jairo Aristizábal, coordinador del programa de intervenciones asistidas con animales, explica que el programa tiene tres líneas de acción: terapia asistida con animales, educación asistida con animales y actividades asistidas con animales.

En la terapia vinculan perros a las sesiones de fisioterapia y psicología, con un objetivo formulado por un profesional. La segunda línea también está orientada por profesionales, con objetivos como mejorar el lenguaje en los niños. En esta línea la actividad más común son las sesiones de Pasitos Lectores, que la hacen a todos los niños en primera infancia de la fundación. Por último, las actividades asistidas con animales son intervenciones de tipo lúdico, en las que no intervienen profesionales porque no siguen objetivos, sino que la única intención es divertirse.
Aristizábal señala que “el perro ayuda a elevar la motivación para participar. Las sesiones no serían iguales si no está Conchi. Podrían ser sesiones más frías, con menos interés de los niños por participar. Y está demostrado que los animales generan adherencia dentro de este tipo de intervenciones. Es decir, los niños quieren participar sólo porque el perro está”.

El coordinador del programa añade que “está comprobado científicamente que el contacto físico con el animal reduce los niveles de cortisol, una hormona que segregamos cuando estamos en situaciones estresantes. Por eso hacemos el ejercicio de que Conchi pase saludando a cada niño. Así el niño va a estar tranquilo porque sabe que el animal no es agresivo y va a estar cómodo”.

La incorporación de los caninos a la fundación, en 2009, responde a lo que Carolina García Correa, líder pedagógica de Golondrinas, identifica como la propuesta pedagógica de la fundación. “En nuestras salas de desarrollo el niño es el protagonista y si no hay emoción, el conocimiento no se da fácil. Por eso procuramos mantener la emoción del niño por comprender”, afirma García.

Gabriela Santos, directora de Las Golondrinas, recalca que “los niños no aprenden cuando no los enganchamos, cuando no escuchamos sus preguntas, porque llegamos con conceptos predeterminados, con una teoría que queremos que introyecten para una evaluación. Por el contrario, nosotros queremos que el niño investigue, indague y explore en contacto con el entorno. Esta es una forma de ofrecer una educación diferente que responda a las necesidades de los niños”.

Resultados terapéuticos

La experiencia bandera para evidenciar los el alcance de las terapias asistidas con animales con niños con discapacidad la protagoniza Jerónimo Ciro, un niño de cinco años diagnosticado con un daño cerebral severo, que entró a Golondrinas cuando tenía dos años y tuvo una evolución que sorprendió a su madre, a los docentes y a los médicos.

“Jerónimo tiene una malformación cerebral, que afecta sus habilidades motoras y cognitivas. Con él trabajamos cada ocho días por tres años. El pronóstico que tenía este niño era pésimo. Los doctores decían que no iba a caminar, ni a hablar. El niño pasó por aquí y salió haciendo todo lo que los médico decían que no iba a hacer”, explica Jairo Aristizábal.

Entre el total de niños entre 0 y 5 años que atiende la fundación en las sedes Villa Liliam y Llanaditas, en promedio un 20% de ellos tiene algún grado discapacidad física o cognitiva. A ellos está dirigido el programa de terapia asistida con animales.

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Cecilia Marcela Roldán, mamá de Jerónimo, explica que el niño padece de esquizencefalia, por lo cual “le falta el 60% del cerebro y en el 40% tiene una parálisis. Entonces para la ciencia y para los neurólogos es un milagro los avances que Jerónimo ha tenido. Porque las personas con parálisis cerebral son postradas en una cama. Los doctores pensaban que Jerónimo iba a estar toda la vida en una cama, que iba a ser un vegetal. Y así fue el primer año. Pero ahora él canta, reconoce a las personas y, aunque con poco equilibrio, se levante y camina”.

En las terapias de Jerónimo, los perros saltaban obstáculos, pasaban túneles, se tiraban por deslizaderos y obedecían órdenes. “Jerónimo al ver que el perro lo hacía, él también lo hacía. Él era muy perezoso para hacer actividad física, pero entonces los perros lo animaban a él”, comenta la mamá del niño.

Roldán añade que él tuvo un vínculo muy importante con el perro, mientras que con los niños fue más difícil porque “son muy imprudentes y preguntaban por qué él mira así, por qué mueve tanto los ojos o por qué no hacía lo mismo que ellos, lo que no hace el perro. El perro siempre está dispuesto a brindarte el tiempo. Jerónimo veía al perro como un amigo, él la recuerda, dice ‘Conchi es mi amiga, yo la quiero mucho’”.

El coordinador del programa concluye que estas intervenciones “se vuelven una oportunidad para que pasen cosas que creemos que no pueden pasar. Sobre todo en estos sectores marginales en los que hay muy poca probabilidad de que tengan estos tratamientos que son tan costosos”.

Perros preparados

Cookie, Conchi, Bruno, Lisa y Mila son los cinco perros con los que cuenta la Fundación Golondrinas. Son dos labradores, dos Golden retriever y una Australian labradoodle, y están entre los tres y los diez años.

Ellos pasan por un entrenamiento que puede tardar entre ocho meses y un año, en sesiones diarias, para convertirlos en perros tranquilos que siguen instrucciones.

Conchi, que está desde el inicio del programa, hace trucos variados como abrir puertas, prender luces, abrir cajones para sacar objetos, desamarrar cordones y quitar zapatos. También se acuesta frente a un libro, apoyando la cabeza en el piso, mientras los niños quedan deslumbrados porque “Conchi también lee”.

Son perros muy bien seleccionados, tienen que tener unas características definidas y además pasan por un periodo de estimulación por un tiempo muy prolongado. En el entrenamiento los perros se exponen a ver personas diferentes todos los días, a montar en carro largos trayectos. Ellos tienen que estar acostumbrados a ruidos fuertes y a contacto físico”, explica Jairo Aristizábal.

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Para el entrenamiento, los profesionales de Golondrinas usan el método Clicker, que también enseñan a jóvenes de lo fundación en clases de entrenamiento canino que ofrecen.

La directora explica que “en el taller de entrenamiento canino, los jóvenes aprender autocontrol y se divierten. También aprenden sobre el cuidado del animal, la importancia de la norma, el seguimiento, la atención y la obediencia”.

Un legado en educación
La Fundación Golondrinas fue fundada en 1981 por tres mujeres antioqueñas. Nació con la misión de atender a la primera infancia de los barrios desfavorecidos de Medellín, pero ahora atiende a 18.000 niños y jóvenes, desde sala cuna hasta el grado 11, en 40 municipios de Antioquia y Córdoba. Tiene dos sedes propias ubicadas en el barrio Villa Liliam y Llanaditas, ambas en la Comuna 8 de Medellín. También trabaja para cambiar las condiciones de vida en entornos violentos y orienta a padres de familia en la formación para el empleo.

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