El trompeta

Autor: Memo Ánjel
24 diciembre de 2017 - 02:00 PM

El escritor Memo Ánjel regala a nuestros lectores este cuento con sabor Caribe

Medellín

Damberto Bistró, el apellido le venía de algún francés perdido en estos mares (uno de esos que al fin tuvo mujer y luego, calmadoel calor, no fue más), miró la trompeta que tenía en la mano izquierda. Del otro lado de la ventana oyó el chillido de unos loros y la voz de Teresa azuzando una iguana. Por los días de diciembre, esos animales se multiplicaban y le perdían el respeto a la gente, yendo por el suelo y por los techos. Con esos ojos de feo medio dormido, caminaban lento, sacaban la lengua y hasta pasaban por entre las piernas de las viejas que se abanicaban, sentadas en sus mecedoras.Damberto sonrió. Teresa, lloviera o hiciera sol, se movía maldiciendo. Los años la habían engordado, sus pies se salían de las pantuflas y el pelo se le había ensortijado más, soltando canas de manera desordenada. Bajo el sol de esa mañana, que todavía estaba fresco, Teresa revisaba el patio.Miró las macetas, fue hasta el limonero y arrancó tres limones. Después entró en la cocina y encendió la radio. Una voz hablaba de una pomada para las várices y luego ofreció una canción a nombre de una tal Matilde. “La misma canción de todos los días, debe ser para laembrujada y le cambia el nombre”, soltó Teresa. Debió reírse. Damberto le conocía las rutinas, igual que se sabía de memoria los movimientos de su mujer sentada en la mecedora, que eran como los del agua del río.

La trompeta era vieja, pero estaba en buen estado, aunque ya un poco descolorida en la boquilla, los pistones y los ganchos para el pulgar y el meñique. El resto del instrumento brillaba. Alguna vez, en un baile, Damberto vio a una mujer que tenía la boca como el pabellón de su trompeta. Se reía a los gritos, mostraba unos dientes anchos y el rojo de los labios más parecía un aviso. Y se pudo burlar, pero no lo hizo. La mujer era la amante de un principal, uno de esos con revolver por fuera. Ya se sabe, donde hay banano y arroz, ganado de levante y gente jugando, el gobierno no llega. Pero eso fue antes. Ahora el pueblo se había vuelto a dormir: quedaban vacas flacas que buscaban sombra, unos cerdos medio dormidos, uno que otro platanal, apenas si se pescaba el bocachico y la tierra se había vuelto amarilla. Solo fluía el río, a veces trayendo manchas de aceite y barcas con vendedores de mangos y papayas, y de vez en cuando alguna panga con monjas que iban a tomar el monte. Unas muy lindas y otras muy viejas, todas rezando. Decían que trabajaban con los indios de más allá, les enseñaban la agricultura y los regañaban cuando tomaban aguardiente. Una tarde el cura, Pancracio Duarte (que se nombraba español), dijo: cuidado piensan mal de las monjas, que se van para el infierno, pero antes se pudren. Lo dijo en la misa del domingo, antes de mostrar a Dios.

-Ya estamos en el infierno- dijo el secretario del alcalde, un flaco que también sabía de motores fuera de borda y limpiar cables y bujías de avioneta Centurion Cargo. Tenía cuatro mujeres y las lucía en misa, aunque no comulgaban. La avioneta aparecía cada mes, trayendo los salarios de la administración, a veces alguno de la contraloría, y muchos paquetes con collares, pulseras, sedas,  hilos y agujas. Igual habían traído máquinas de coser y cafeteras italianas. Los pilotos también cambiaban chucherías por yucas y pescado seco. La avioneta, que era como un pájaro mojado, mostraba orificios de bala en el fuselaje y el morro, porque cuando no estaba en el asunto de la decencia entraba en los negocios del contrabando, en los que se dispara mucho. Por los días en que el pueblo se apagó, unos de Barranquilla tomaron las bodegas del puerto como espacio para guardar ron del Caribe, whisky fino, cigarrillos americanos, revistas con mujeres desnudas, penicilina y jeringas. Las bodegas las abastecían con el contenido de barcos que llegaban por la noche. Así que traían y sacaban. Esto lo contó el secretario y el alcalde, le dio un empujón. El alcalde era el hijo del turco Sahib, igual de gordo que él, pero no atendía el almacén del padre sino que le hacía a la política. Se rascaba la barriga antes de tirar un as en la mesa de juego. Y administraba el pueblo por lo que le diera el día, confesándose con el cura el primer lunes de cada mes. Después de la confesión, dejaba un billete de veinte mil pesos. Para mi parcelita en el cielo, decía.

Damberto Bistró, colocó la trompeta sobre la cama. Se apretó el botón alto de la camisa de manga corta, se anudó una corbata verde con palmeras estampadas, pasó un trapo por encima de los zapatos y se miró al espejo, después de echarse loción: había cambiado poco desde el último diciembre. El mismo bigote recortado y entrecano, el pelo pegado a la cabeza, lasojeras negras, los dientes separados, los ojos cansados y el encanto, ese empate en medio de la barbilla. Y si bien estaba viejo, diez años más que Teresa, pensaba en una buena canción y se le movían las piernas. Y ese día salió al patio con la trompeta, la hizo sonar frente a la jaula donde había dos turpiales, y entró en la cocina. Ya Teresa tenía dos canastas llenas de empanadas y quibes, de eso vivían, más lo que diera la trompeta, que sonaba en matrimonios y bautizos, con la llegada de los pilotos y en las fiestas de santa Bárbara, que el cura decía que estaban prohibidas, pero valió de poco. Los mulatos y los negros las seguían haciendo, igual que las de san Lázaro, y contrataban músicos. También sonaba la trompetaen diciembre, cuando regresaban muchos a pasar la navidad. La Centurion Cargo llegaba dos veces por semana con pasajeros, unos conocidos y otros por conocer. Teresa había dicho: vienen como si nada, a ver cómo nos secamos como piel de babilla. Esos que llegaban iban a casas de amigos o al hotel de la turca Zaida, que vivía allí, se hacía ayudar por dos mujeres grandes y envejecía engordando. Cuando hacía mucho calor, cerraba los ojos, se abanicaba y hablaba en árabe.

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-¿Ajá, y dónde vas tan temprano?- preguntó Teresa. Damberto cogió un banano y comenzó a morderlo. Sobre la pequeña mesa de la cocina humeaba una taza de café oscuro.

-Hoy conformamos la orquesta, tú sabes. Los bongós, la guitarra, el contrabajo, la flauta y mi trompeta. Tenemos que ensayar.

-¿Y canta la Cecilia esa, que es la mujer de todos los hombres?- preguntó Teresa con veneno. Sirvió café para ella. Afuera, el turpial picoteaba un plátano y daba una sombra larga. Una iguana entró en la cocina. – ¡Estas iguanas me van a matar! ¿Sabes que significa ser matada por una iguana?- chilló Teresa.

-Las iguanas no matan a nadie- dijo Damberto. –También iré al correo para ver si llegó carta de tu hijo.

-Que es tuyo también, querido. Y que ya se quedó entre los gringos y ya ni sabrá dónde es que nosotros vivimos-. La iguana desapareció por la puerta que iba al retrete.

-Lo prefiero lejos a que lo dañen-. La iguana apareció en el marco de la ventana y miró a la pareja.

-Debes rezar, que es lo que no haces. ¿Crees que es esa trompeta la que te dará el cielo?

-Nos dará para comprar un par de camisas y unas medias, tus calzones y mandar a arreglar el reloj. Tú eres la que cuenta el dinero-. Teresa se asomó a la ventana que daba al patio. El sol estaba saltando por entre las tejas de los techos, dos gallinas picoteaban el suelo y el turpial tenía los ojos entrecerrados. Damberto bebió la taza de café y salió de la casa, ensayando las doce notas que le daba la trompeta. Desde otras ventanas y otras puertas la gente lo saludó. Tres niños lo siguieron haciéndose también los que tocaban la trompeta. Las campanas de la iglesia marcaron las ocho de la mañana. El clima húmedo pegaba duro.

A lado del hotel de Zaida, en la calle que antes fue de la aduana (lo que recordaban pocos), estaba el bar Tres vientos, atendido por un antioqueño llegado cuando el pueblo era un rastrojo, como dijo. Se llamaba Euclides Mejía y era una gran nariz con un bigote espeso debajo, unos rizos al lado de las orejas y un escapulario en el cuello. Tenía hijos, pero no mujer constante, y además de vender ron y candela (a veces aguardiente de contrabando), era el que contrataba los músicos para las fiestas. Los voy a hacer ricos, les decía en cada contratación, pero al hacer las cuentas finales acotaba: es increíble, esta plata ya no vale nada. Lo siento muchachos, pero ánimo, yo tengo conmigo a la Virgen. Y a ese bar llegó Damberto Bistró. Entró haciendo sonar la trompeta.

-Ajá, viejo Damber- dijo un hombre al fondo. Hizo una demostración con los bongós que había traído. A su lado estaba el de la flauta, bostezando. Euclides destapó una cerveza y la puso sobre la barra. Para que pongas a funcionar esa vejiga, le dijo a Damberto. Luego se le acercó y murmuró: nos vamos a tener que reventar esta noche. Están pagando por horas. O sea que hay que mantener a la gente bailando o nos va peor que a los gringos en Viet-Nam. Lo de Viet-Nam lo mantenía en la boca. Allí los comunistas le habían matado un hermano.Al finado lo habían devuelto en una bolsa negra que contenía droga. Euclides no creyó esto, pero alguien le envió un dinero y con eso montó el bar. Le encendió muchas veladoras a la Virgen. 

-¿Y dónde vamos a tocar?- preguntó Damberto. La trompeta brillaba a su lado, igual que el traje de baño que lucía una muchacha en un cartel que anunciaba cerveza. El abanico del techo daba vueltas con cansancio y el lugar olía a desinfectante.

-En un barco con ricos- soltó Euclides por debajo del bigote.

-Esos barcos ya no vienen por este río-. El bongosero seguía produciendo ritmos.

-Pues vendrá y, como me dijeron, trae un piano. Al pianista lo contrataron en Peralta. Quieren oír ritmos locales, con aire de aquí. Y bailar. Y pagan en dólares.

-¿No estarás alucinando?- preguntó Damberto. El de la flauta movió los dedos.

-Por esta Virgen que no- dijo Euclides mirando una estampita de Maria Auxiliadora.

-Pero habrá que ir bien vestidos-. Pensó en voz alta Damberto.

-Nada, quieren sabor propio-. En esas entró el guitarrista, un negro flaco y alto. Lucía una camisa de hojas verdes y anchas estampadas. Luego se enteró de lo que iba a pasar. Se bebió la cerveza como si fueran las dos de la tarde.

-Eleuterio el contrabajista no puede venir- dijo el guitarrista. -Tiene los dedos hinchados.

-Yo toco ese contrabajo- dijo Euclides –No van a notar, el piano tiene bajos. Comiencen a ensayar y piensen en billetes verdes.Antes del medio día llega Cecilia.

Y comenzaron a ensayar. Damberto poniendo el alma en la trompeta y los demás siguiéndolo. El bar se llenó de música. Cuando Cecilia llegó, vistiendo un traje rojo y verde, invitó a un ron. El calor entraba por las cañerías y la puerta del bar. Empezamos con La negra Tomasa, dijo la mujer. Esa canción nos dará buena suerte. Estaba parada en un par de zapatos de taco alto, de los que salían unas uñas rojas. 

-¿Y a qué horas llega el barco?- preguntó Cecilia.

-En la tarde- dijo Euclides.

-¿Y si no llega?- los ojos de la mujer miraron a los músicos.

-Tiene que llegar- dijo Damberto. Y sopló con fuerza la boquilla de la trompeta, sus dedos se movieron sobre los pistones y el pabellón, que miraba a lo alto, brilló como una linterna. Pensaba en los dólares, en tres camisas, en los calzones de Teresa, en unas medias blancas, en que le escribiría a su hijo diciéndole que seguía siendo el trompeta mayor y había comprado un reloj. Y en esa música que salía de la trompeta, veía bailar al alcalde y al secretario, a las iguanas, al agua del rio que movía las barcas con mangos, a las mujeres viejas de las sillas mecedoras y a Teresa. Si, el barco tenía que llegar para ver bailar a Teresa. Doce notas de trompeta, una orquesta completa, sonaron y seguían sonando cuando comenzó a caer la tarde. Euclides se mordía las uñas y besaba una estampita de la Virgen.

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