El proceso soberanista catalán

Autor: Guillermo Maya Muñoz
4 diciembre de 2017 - 12:06 AM

Esta demonización del nacionalismo, en la actual globalización neoliberal, no sólo ignora el proceso de construcción de las naciones y el significado del nacionalismo

El actual proceso soberanista que ha significado un duro enfrentamiento con el gobierno central español por la soberanía e independencia de Cataluña respecto a España, ha llevado a sus críticos a satanizar al nacionalismo, como fuente de todos los peligros, xenofobia, racismo y guerras fratricidas, que supuestamente ya han sido superados por las nuevas formas de integración económica y política como la Unión Europea.

Sin advertir antes, que la Unión Europea con su aparato militar de la Otan, en el que también participa a la cabeza EEUU, ha llevado la guerra a múltiples países. Incluso ha destruido la estabilidad y el progreso que pudieron haber tenido, como en el caso de Libia, el país más próspero de África hasta que fue invadido, al igual que en Irak, Afganistán, y muchas otras aventuras militares.

Sin embargo, esta demonización del nacionalismo, en la actual globalización neoliberal, no sólo ignora el proceso de construcción de las naciones y el significado del nacionalismo sino que también al mismo tiempo, bajo el disfraz del cosmopolitismo, el neoliberalismo representa la subrogación de la soberanías nacionales a los organismos supranacionales, sin ningún control por parte de los ciudadanos-electores.

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En esta manera, las naciones son convertidas en simples entidades provinciales sin capacidades para el manejo de su propia moneda, la tasa de cambio, y la fiscalidad supeditada a reglas que solo procuran el pago de las deudas sobernas, agudizando las políticas de austeridad, que traen consigo desempleo, recortes al estado de bienestar, y privatizaciones de los activos públicos. El ejemplo más trágico y notorio es Grecia y su crisis económica, y las humillaciones recibidas por parte del troika europea.

La socióloga Eliah Greenfeld en su su libro The Spirit of Capitalism: Nationalism and Economic Growth (2001), afirma que llamar nación a la población, en general, “el pueblo de Inglaterra”, fue un evento lingüístico trascendental, a principios del siglo XVI, que elevaba las masas populares a la dignidad de la elite y que redefinía la comunidad del pueblo, como soberano, en tanto incorporaba la autoridad suprema (El Rey fue sometido a la ley), como una comunidad de individuos iguales, con la capacidad de ocupar cualquiera posición social. Entonces, la palabra nación significaba, en sentido, moderno, el pueblo soberano, que consiste de individuos iguales.

La economía moderna es el fruto del nacionalismo, es el resultado del principio de igualdad. El nacionalismo “eleva las clases más bajas y ennoblece sus actividades”. En este sentido, la democracia es la combinación de los principios de soberanía popular y de la igualdad de sus miembros. El nacionalismo necesita de un sistema de estratificación abierto y fluido, de sistema de clases, caracterizado por la movilidad social y el cambio. El individuo se convierte en el agente histórico y basa la posición social o status en los bienes trasferibles de riqueza y educación. El futuro de los individuos no está determinado por el nacimiento sino por sus talentos y logros.

El movimiento soberanista catalán, cuyo ascenso en los últimos años ha sido generosamente estimulado por la negativa del gobierno español a apoyar la ampliación de la autonomía, es cívico, pacífico, respeta la diversidad cultural, es europeísta, y tiene un fuerte sentido de identidad nacional. Sin embargo, el estado español, con aprobación pública del Rey, no solo arremetió con violencia contra los votantes del referéndum convocado por la Generalitat el 1 de octubre, sino que después de declarar la independencia de manera unilateral el 27 de octubre, los dirigentes soberanistas fueron encarcelados, sometidos al escarnio policial, y la cabeza del gobierno catalán tuvo que exilarse en Bélgica, después de que Madrid asumió el control del gobierno autonómico con la aplicación del articulo constitucional 155.

Sin embargo, resulta imposible negar que el actual proceso soberanista fue masivo y refrendado por un poco mas de 2.2 millones de catalanes que lo votaron, desde jóvenes hasta ancianos que se hicieron presentes en las urnas, venciendo el miedo y las cargas de la policía madrileña.

La solución negociada es el único camino que le queda tanto a Cataluña como a España. Es decir, ambas partes deben llegar al acuerdo de un referéndum para resolver el conflicto, como se hizo en Escocia, y que perdieron los independistas. Pero, ¿por qué el gobierno de España se opone al referéndum y a la reforma constitucional? Porque sabe que lo pierde, a pesar de los números que ha esgrimido, desfavorables para los soberanistas. El gobierno español, y mucho menos el de Rajoy, quiere pasar a la historia, como el gobierno que perdió a Cataluña. Y por si de pronto, le echan la culpa a la manipulación rusa de las redes de internautas.

La critica neoliberal al nacionalismo, como el de Vargas Llosa y amigos, es la puerta de entrada al dominio de unas naciones por otras, en nombre del cosmopolitismo impuesto por la globalización financierista.

Alemania no conquistó a Europa con las hordas hitlerianas sino con las burocracias de la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el FMI, la institucionalidad neoliberal actual.

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