El pan del día siguiente

Autor: Mariluz Uribe
3 enero de 2018 - 12:04 AM

Para darle cuerda le preguntaba algo sobre la marcha de la oficina pero él estaba demasiado CANSADO para hablar

La vez pasada les envié algo feliz para Navidad, la continuación es el comienzo del año. 
Es nuestra responsabilidad que también sea feliz, ¿no?
…..Para entonces Rogelio ya llegaba a su casa a las siete o a las ocho, encontraba a su mujer marchita y ajada, con el lápiz de labios corrido, la almidonada blusa arrugada, algunos cabellos fuera de lugar. 
Los niños acostados, la comida un poco pasada, el soufflé asentado y la carne helada. 
Ella deseaba conversar con Rogelio porque no había hablado con nadie durante el día y porque era su marido. Para darle cuerda le preguntaba algo sobre la marcha de la oficina pero él estaba demasiado CANSADO para hablar.

Lea también: El pan de cada día
Para descansar se sumergía en el periódico. Ella cogía una costura, de preferencia la ropa rota o sin botones. Ella se quedaba pensando si se habría vuelto demasiado bruta y no era ya capaz ni de conversar. ¡Recordó los años que había pasado en la Universidad, los muchos libros que había leído! ¡Resolvió trabajar! Ella era muy instruida, pero así ligero sólo puedo conseguir un puesto de vendedora en un buen almacén.
Ella entonces lógicamente descuidó la casa. Los niños llegaban del colegio y hacían las tareas o no las hacían, o se quedaban mirando toda la tarde televisión. Floreros secos se veían en uno que otro rincón. Las del servicio se echaron por las petacas. Los vidrios se empañaron, las cortinas se llenaron de polvo y no se volvieron a hacer soufflés.
Rogelio y ella nunca se encontraban a la hora del almuerzo, ella tenía jornada continua y él aprovechaba para almorzar con sus clientes-as.... Se había hecho famoso y la clientela lo perseguía para darle contratos de una y otra especie. El naturalmente tenía que atenderlos para no perder las conexiones. A la salida de la oficina era frecuente ir a tomar unos tragos en un bar para departir y refrescar el espíritu...
Durante los primeros meses de este nuevo sistema de vida, ella llegaba a la casa a las siete, exhausta. Ni miraba a los niños, para sumergirse rápidamente en un baño que la renovara, para arreglarse y esperar a Rogelio despejada. Pero Rogelio no llegaba.
A veces avisaba por teléfono una cosa tan vaga como que “se demoraba”. Otras veces le decía tranquilamente que “Le llegaba tarde”. Aparte los niños llamaban desde la cama. -“¿Y papá?” Ella los atendía, les conversaba, les echaba la bendición, los acompañaba.
De paso se miraba en el espejo del baño. El peinado revuelto, la cara borrosa y arrugada, trasnochada y abotagada, los ojos opacos, la expresión de los payasos tristes. La blusa salida, las medias escurridas y en pantuflas.
Entonces resolvía acostarse; para que la iba a ver Rogelio en esa situación, pensaría inmediatamente que no tenía para que apresurarse en llegar. Se tomaba otra pastilla y se metía en la cama con una bolsa de agua caliente. Rodeada de revistas y libros se adormecía con la luz prendida y a cada ruido se sobresaltaba.
Un fuerte chirrido al doblar de la esquina, una frenado en seco y por fin los pasos de Rogelio y el golpe en la puerta. Ella apagaba y se volteaba para el otro lado. ¿Qué le iba decir? Hacía tiempo que no se miraban, que las palabras no les servían para entenderse, para expresarse, ni para comunicarse sentimientos.

Su conversación no pasaba de frases necesarias, usuales o banales: ¿Cómo amaneciste? ¿Qué tal va el trabajo? Los niños tienen gripa. Rogelito perdió el año.
Rogelio hizo sonar unos Alka-Seltzers en un vaso y se acostó. ¿Qué pensaría Rogelio? Pero seguramente Rogelio no pensaba nada. Además, ¿a qué horas?

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