El pan de cada día

Autor: Mariluz Uribe
27 diciembre de 2017 - 12:06 AM

Tenían afinidad de gustos, lectura, arte, música, viajes. Soñaban con lo que leerían juntos, los conciertos y las exposiciones a que asistirían, los viajes que emprenderían

Cuando ella se casó, pensó como toda novia, que su matrimonio iba a ser feliz, único, especial. Ella y su novio reunían todas las cualidades como dicen las crónicas sociales; ella bella y espiritual, graduada en humanidades, servicio social y orientación familiar; viajada, conocía varios idiomas. 
Él, un cumplido caballero, graduado en ingeniería, especializado en los EEUU. A esto se añadían otros detalles que no salen en la crónica social… Posición social semejante, algunos bienes de fortuna, familias con relación compatible, buena salud.
Tenían afinidad de gustos, lectura, arte, música, viajes. Soñaban con lo que leerían juntos, los conciertos y las exposiciones a que asistirían, los viajes que emprenderían...
Sus primeros años fueron muy felices. Rogelio salía de su oficina a las 4:30 de la tarde, se apresuraba a llegar a casa “antes de que lo cogiera la hora del tráfico” para estar con su mujercita, deleitarse con la comida casera y ocuparse de los hijos y jugar con el perro.

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Ella lo esperaba en la puerta, de punta en blanco, reluciente, limpia, con la nariz empolvada, las medias templadas y el peinado ondulado en su sitio. Los chiquitos bañados y comidos con sus pijamas puestas, las manos inmaculadas, los juguetes en orden. 
Cada año -cosas del trabajo- Rogelio como que tenía que llegar más tarde a su casa. Decía necesitar trabajar más para ganar más dinero. Los niños estaban ya en el colegio. Pensiones altas, ropa para mantenerlos al nivel de los compañeros. Cuentas de médicos y de droguerías que no daban tregua. Se sumaron las pequeñas operaciones, amígdalas, apéndice, vidrios que se tragó el pequeñito. Cuentas del odontólogo: calzas, extracciones y frenos.
Ya con cuatro niños grandes hubo necesidad de ampliar la casa. Y hubo que conseguir a alguien para el servicio, pues aspiradora, lavadora, secadora, y microondas no daban abasto.

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Se sumaban gastos imprevistos, viajes de vacaciones para sacar a los niños, fiestas “para corresponder atenciones” y cambio de carro cuando este se desbarajustó por los huecos de las calles. Todo esto vivido entre las complicaciones, digamos normales, de la vida.
Pero mientras tanto, ella soñaba con aquellos besos robados en el sofá de su casa. Con aquellas caminatas de mano cogida carretera de Santa Elena arriba hasta las tiendas donde subían y volvían a bajar a pie. O las ventiladas en el bus escalera o en el tranvía amarillo de la Playa, pagando unos pocos centavos. 
También recordaba ese contemplar el río Medellín bajando lleno de los colores y olores de las fábricas de tejidos de por allá arriba. Y los “chinos” de la calle, felices subiendo y bajando por los gigantescos muros de piedra a bañarse, aventurarse, o a lo que fuera….
A veces desde las casas, acaso con huerta, pero siempre con jardín, situadas frente a la quebrada, maestros de dibujo y pintura ponían a sus alumnos a dibujar y embellecer con acuarela los espectáculos visibles desde el nivel de la calle.
Pero ahora adiós paseos a la quebrada. Ésta se había convertido en una Vendeduría ambulante, ok para el que la utiliza y disfruta.
¿No hubiera sido preferible permanecer en el monte recibiendo picadas de zancudos, viendo pasar sapos y culebras, tal cual como en otras épocas había sido, en la alegría de la niñez independiente?
*Piscología UJ y Filóloga UdeA

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