El oro de Cajamarca y Jakob Wassermann

Autor: Memo Ánjel
5 noviembre de 2017 - 02:00 PM

O cuando la codicia es destrucción

Medellín, Antioquia

El oro

Dicen que nació de una colisión de estrellas y que su símbolo es Au, por aurum (brillante amanecer) debido a su color amarillo y la facilidad de fundirse y malearse, como cuando amanece. En metáfora, el oro es una aurora bella, lo que no implica saber cómo seguirá el resto del día: es solo un anuncio de que la noche ha cumplido su cometido. Clasificado entre los metales nobles, no hace parte del compuesto de los alimentos (como casi todos los demás elementos) y si bien se encuentra en el agua, no es ninguna de sus sales. Así que no se puede comer ni beber, como bien lo comprobó el rey Midas y alguno que otro conquistador español al que le hicieron tragar oro fundido en un crisol que echaba chispas. Debió ser horrible. Del oro, que solo reacciona frente al mercurio, el cianuro, el agua regia, el cloro y la lejía, dicen también que pudo nacer de los gases que expele la tierra, que son venenosos y convierte en extrañado al que lo huele. Otros dicen que el oro no llegó del cielo ni lo escupió la tierra, sino que los dioses lo fabricaron para burlar a los hombres. Sea lo que sea (todo lo que no sabemos se convierte en fe), el oro se metió a la boca en forma de dientes, colgó de las orejas, se mostró en el cuello y hasta en las hebillas de los zapatos de Francisco Pizarro, que las lució en la corte de Madrid para que supieran de dónde venía, lo que le valió el título de marqués. Igual se hicieron puñales de oro, pomos de bastones, hilos para entretejer con seda y lino, imágenes de hombres y animales, platos, pocillos, coronas, engarces de floreros, pistolas (decían que Al Capone tenía una; y el general Patton, otra), balas, monóculos, alfileres para envenenar, en fin, hasta llegar a nano alambres y circuitos aplicados a las plataformas de las computadoras, algunos usos en medicina y en la carrera espacial, para la que se crearon cuerdas de seguridad que se ataban a las cinturas de los astronautas que salían de sus cápsulas al espacio infinito, cosa que se descubrió después que servían lo mismo que una correa de nylon y algodón o una de cuero bien curtido.

Del oro se habla en la Biblia como ídolo (no sé si los serafines del Arca de la Alianza lo sean, el que si resultó ídolo fue el becerro del desierto). Hay datos en Egipto (los faraones tenían la nariz de oro y la más famosa fue la de Cleopatra), en Persia, entre los etruscos y los griegos, los celtas y del mucho que había en Mali, de donde se dice que salió el tercero de los reyes magos y por eso es negro. Y se podría seguir con la historia de los hindúes, los chinos, birmanos y japoneses (incluyendo las mentiras que Marco Polo contó sobre la corte del Khan), pero la mayor búsqueda y afluencia de oro estuvo en América, primero en la andina y luego en la ruta de los gambusinos norteamericanos, que cubría de los montes Apalaches hasta Alaska. Jack London da cuenta de esto. Y en este encuentro con el oro pasó de todo: se mataron y robaron, se traicionaron y perdieron el sentido de la realidad. La codicia estuvo por encima de todo. Y en este punto entra Jakob Wasserman con su pequeña novela El oro de Cajamarca, de la que Thomas Mann dijo que era el relato más hermoso que se había escrito en lengua alemana.

El oro de los Andes

Jakob Wasserman fue un judío pobre (1873-1934), agnóstico, que se ganó la vida escribiendo. Se hizo famoso por sus novelas y ensayos y los nazis quemaron sus libros, en especial El oro de Cajamarca, porque los ponía en evidencia como colectivo e individuos enceguecidos por una mítica superioridad, nacida más de la magia que de la propia historia. Y es que el libro cuestiona y confronta a los decentes y a los indecentes, a los que se dejan deslumbrar por el brillo de la ornamentación y las prédicas sobre las cruzadas contra infieles (lo que serían razas inferiores), y a los que se muestran grandes porque destruyen lo que sea, haciendo uso del engaño y la codicia, en nombre de un algo que, en última instancia, si se cumple, convierten en oro. Si no, salen del atolladero llevando el que pueden con ellos. La historia de los dictadores es amplia en estos casos. Han preferido el oro a los billetes porque estos se desvalorizan, se rompen o se queman, cuando no es que resultan falsos. Por eso huyen con baúles pesados y mirando enloquecidos.

¿Y qué es lo que plantea Wassermann para que su historia sea tan peligrosa? Plantea el asunto de la codicia como destrucción de uno mismo y del grupo social, que entre codiciosos se desmorona para dar pie a la mentira, la traición y, en consecuencia, la destrucción del sentido de la vida, que se disuelve en una fiebre por adquirir todo aquello que, en su búsqueda, mata a otros. Siendo esos otros la familia, la sociedad cercana, la seguridad que da el sano reconocimiento y el buen manejo de la alteridad, que es lo que nos hace posibles. Y a la par, el yo del que codicia, que convierte la realidad en locura y al fin todo son temores, espantos, carencia de tiempo y la enorme frustración al saber que lo acumulado es mero peso que impide moverse libre. Es un desespero anclado y sin poder zafarse.

El oro de Cajamarca (ciudad de espinas), es una historia de la conquista del Perú, que incluye a los hombres de Pizarro y Almagro, a un Hernando de Soto que se esconde para no ver lo que pasa (es uno de los pocos que sabe leer y escribir) y a la corte de Atahualpa, el último Inca. Los que vengan después, como Manco Capac y etc., son meros títeres de los españoles, que sostienen la figura, a manera de rey de burlas, para no perder las instituciones del imperio: los jueces, los cobradores de impuestos y una clase servil en la que abundan los traidores. Pero el episodio, en el que los conquistadores se enloquecen con el oro y la plata que el Inca está pagando por su rescate (se trata de llenar una sala hasta la altura de un hombre con la mano extendida hasta arriba), quemando y aplicándole la hoguera y el garrote vil al final a un engañado Atahualpa, es solo el pretexto. Lo que Wasserman quiere resolver es por qué el oro enloquece a los occidentales, qué tiene para que por él seamos capaces de traicionar a las propias mujeres e hijos, a la nación y las creencias, lo que sea, con tal de tenerlo en las manos. Qué tanto es el poder que da el adquirirlo y cómo es ese poder que, en lugar de seguridad, da miedo, que es más una acusación que un logro. Qué contiene ese brillo que en última instancia no anuncia que es comida nutricia ni sabiduría sino un querer ser más sin pasar por el conocimiento y el entendimiento de las cosas. Y porqué otras culturas, como la de los Incas en los Andes (para los que el oro es solo un adorno bonito, como las plumas del pájaro coraquenque), se asombran viendo lo que el oro hace con los que vienen de más allá del mar atlántico, que se apuñalan y traicionan, que se llenan de mentiras y son capaces de aguantar hambre y enfermedades buscando una pepita de oro, que al final no los salva de eso que los asusta.

Lea también: Hasta dónde somos sujetos vacíos

La codicia

En los postulados de Baruj Spinoza, que luego usa Jacques Lacan para hablar del sujeto seccionado, el deseo es un asunto imaginario que, si está enfermo, nunca termina de satisfacerse y al fin solo produce frustración. Es una pasión triste, una desmesura, una irrealidad. Pero el deseo existe, no se lo niega, y por esto hay que controlarlo impidiéndole ir más allá de lo que en realidad satisface (si tengo hambre, como; si quiero amar, amo; si tengo frío, me pongo un saco), y es solo un momento y no una continuidad. Pero en el caso el poder y el oro, el deseo es continuo y delirante y cree sostenerse en la sensualidad, riqueza y honores como fines y no como medios, lo que altera el conocimiento, la percepción y al fin la vida normal, proporcionando solo temores y esquizofrenias, como también explica Spinoza en su Tratado del entendimiento. Y así, cuando los medios son fines, aparece una erótica que no se satisface, que siempre está sedienta y ansiosa de cosas y, al final, lleva a la peor de las muertes, que es cuando teniéndolo todo (o creyendo que se tiene) ya no hay tiempo, que es algo que no venden ni nadie da.

¿Por qué la codicia nos vuelve tristes y peligrosos? ¿Por qué sabiéndolo, nos dejamos caer en ella?  La pregunta de Wassermann no tiene respuesta, solo la narración de un hecho que se multiplica y, en esta multiplicación, la tortuga de oro bebe sangre, como acabó entendiendo Atahualpa.

Jakob Wasserman se hizo muchas preguntas en sus libros: qué es la belleza en medio de la decadencia (El hombrecillo de los gansos), qué es la justicia (El caso Maurizius), qué es el interior de un hombre (Caspar Hauser), qué es la identidad (Mi camino como alemán y judío, y Los judíos de Zirndorf). Y qué es lo que nos vuelve peores (El oro de Cajamarca). Jakob Wasserman trabajó en la revista satírica Simplicissimus y en una librería, para saber qué se sentía estar en medio de la burla y de la civilización.          

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