El optimismo político afortunado de la “Generación X”

Autor: David Roll Vélez
30 agosto de 2018 - 12:01 AM

Los que ya llevamos medio siglo por acá aspiramos a poder ser testigos por lo menos de ese intento, cualquiera sea su resultado.

Cuando escucho y leo a las personas del  mundo académico que más me han inspirado como profesor y escritor en temas de política, me quedo estupefacto ante su pesimismo, máxime cuando ese no era su estilo frente al futuro de la democracia. Incluso líderes políticos que han hecho grandes transformaciones en nuestro país y los considero legendarios, a veces se muestran escépticos en privado sobre la situación actual de las cosas, con auténtica preocupación. Esa es la mala noticia.

 

La buena noticia es que los jóvenes están en una tónica diametralmente opuesta. La gran ventaja de ser profesor de pregrado, en mi caso de Ciencia Política, es que día a día  estás en contacto con personas que tienen más o menos 20 años, y que automáticamente serán en una década o dos los protagonistas de la historia de tu país de un modo u otro. Y el panorama es muy optimista, aparte de quien es presidente finalmente y el resultado definitivo de la Consulta Anticorrupción. No en masa, pero sí en un buen número, estos jóvenes creen dos cosas: que las cosas pueden cambiar y que ellos pueden tener mucho que ver en esos cambios. Eso es Capital Social al cuadrado.

 

Lea también: Algo sobre las no democracias 

 

Los ejemplos son innumerables, aunque de momento no me he puesto en la tarea de hacer una investigación en forma al respecto, aunque merecería la pena. En el Congreso Nacional de Ciencia Política de Medellín se notaba como mientras que los veteranos del tema hacíamos ponencias entre moderadamente optimistas a muy pesimistas, ellos sólo hablaban de cambios posibles. Igual diálogo podía observarse en los espacios sociales, conformados por estudiantes de todas las clases sociales provenientes del país entero.

 

Solo por dar dos ejemplos del día a día, este martes pude comprobarlo, y en dos escenarios diferentes. En la universidad pública en la que trabajo, la Universidad Nacional, un alumno me expresó claramente y con total convicción, que el objetivo en su vida es trabajar por la política urbana de su ciudad. Dijo que para eso está dispuesto a invertir 7 años más de su vida en estudio, y sacarle el cuerpo totalmente a la emigración definitiva que es la tendencia de su familia. Además, expresó que quiere ser la mano derecha de alguien visible, y no el personaje de la foto. Cree que desde esos cargos se hacen más cosas. Todo eso es también Capital Social.

 

En ese mismo día, a las ocho de la noche, me llamaron cuatro estudiantes de universidad privada que están interesados en crear un sistema de conteo de votos con un software muy específico que se usa para otras cosas. Su obsesión no era tanto evitar la elección de los indebidos, porque saben que las variables de ello van más allá de una cuestión técnica, sino hacer que los electores sepan que por lo menos en el conteo no les robaron sus votos. Eso es igualmente Capital Social.

 

Además: ¡A tragarse el sapo todo el mundo que esto es una Democracia! 

 

Alguien dirá que son ejemplos circunstanciales, y que los estudiantes en general viven en el marasmo adormilador de sus redes sociales. Pero lo cierto es que el panorama hoy es radicalmente diferente del que existía en Colombia hace un cuarto de siglo, cuando unos pocos estábamos regresando de estudiar  nuestros doctorados en Ciencia Política y fundando los primeros cuatro pregrados en semejante cosa en el país (hoy son más de 35). Casi nadie hablaba del tema de la democracia, o lo hacía con sorna clasista de derecha o escepticismo ideológico de izquierda. Y pretender que uno viviría de enseñar, asesorar y escribir sobre eso generaba la misma mirada de compasión que hoy nos inspira la mayoría de participantes de los concursos televisivos que buscan descubrir estrellas entre el pueblo llano. Hoy en día en cambio, es imposible asistir ni a una cuarta parte de las reuniones sobre estos temas, convocadas por organizaciones lideradas por jóvenes, de todas las ideologías además. Son ellos los que tienen sus propios canales virtuales de todo tipo, que se las arreglan para ser entrevistados en televisión por los grandes periodistas, que hacen campaña política en barrios populares y en elegantes clubes sociales, y mucho más. Un mundo nuevo.

 

Se trata de un optimismo ingenuo, que acabará cuando comiencen a enfrentarse con los retos que les esperan a esa “Generación X”, dirán muchos, especialmente cuando vean la dificultad de acceder a cargos públicos o incluso la imposibilidad de emplearse con cierta estabilidad para formar familias. Creo que no. Estos ya no son los millennials que querían todo en bandeja de plata; y si estudian Ciencia Política, Trabajo Social y carreras de este tipo, o dicen que enfocarán sus pregrados de cualquier denominación hacia la construcción de un mejor planeta y un país más vivible, debemos creerles y no desalentarlos. Los que ya llevamos medio siglo por acá aspiramos a poder ser testigos por lo menos de ese intento, cualquiera sea su resultado.

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