El oficio de los políticos

Autor: Fabio Humberto Giraldo Jiménez
20 febrero de 2018 - 12:08 AM

Un político bueno sería aquel que es equilibrista, que no camina torcido y que además es equitativo

Lo que hacen los políticos en la práctica, bien sea individualmente o agrupados, es servir de intermediarios entre las soluciones que demanda la sociedad y las respuestas que puede dar el estado a través de los gobiernos. Es cierto que como legisladores crean las condiciones para esa intermediación, pero eso no hace más que reforzar su agenda diaria ocupada en esa gestión. Eso es todo lo que hacen. Esa es la profesión de los políticos, su trabajo, su oficio legalmente considerado. Para eso se hacen elegir y reciben paga: para ser mandaderos, correos, tramitadores, gestores. Otra cosa es que las propinas terminaron por ser mas carnosas que el salario, que no es ososo, y que por eso de mandaderos pasaron a ser empresarios comisionistas que no compiten por hacer el mandado, sino por las “vueltas” y la encomienda. 
Aunque sea negativo el balance de la actividad política y de los políticos, su papel original de enlaces entre el estado y la sociedad a traves de los gobiernos no cambiará hasta que inventemos la sociedad perfecta sin intermediarios. Alternativas a esa gestión, como la poética y bucólica democracia directa en la que todos gobiernan por todos, es impracticable aun en sociedades muy simples; y su contraria, que es un híbrido de autoritarismo y democracia social ejercido por un hombre-dios absolutamente justo, magnánimo, ominisciente, omnisapiente y omnipresente, es también un imposible real por mucho que algunos actuen como si tal y leviten entre sahumerios y coros celestiales. 

Lea también: Buen político o político bueno
Esa actividad diaria de los políticos tiene consecuencias sobre el equilibrio o desequilibrio entre la demanda de la sociedad y la capacidad de respuesta del estado a través del gobierno en turno, es decir, sobre la gobernabilidad. Por eso la política es el arte propio de la gobernabilidad. Su fin es conseguirla, fortalecerla y sostenerla. 
No es tan casual que el ofico de la política sea tan semejante al de los equilibristas circenses. Puesto que el equilibrio en el que se basa la gobernabilidad no es necesariamente equitativo la cuerda en la que caminan es delgada y resbaladiza, porque esta tensionada por el equilibrio y la equidad. Salvo en el idílico caso en que se pudieran satisfacer todas y cada una de las demandas por igual, lo real es que se priorizan las demandas de intereses potencialmente más desequilibrantes y poderosos para mantener un equilibrio, aunque sea precario, aun con desmedro de la equidad.
Como la barra del equilibrista, el papel coactivo -o corrector- del estado a través de las ideas o de la fuerza adquiere mayor importancia cuando el desequilibrio es mayor y eso explica por qué las ideas oficiales u oficiosas y la fuerza pública y oficiosa son mecanismos de autoprotección y autodefensa de los gobiernos cuando peligra su estabilidad o la del estado en el que se escudan. La propaganda oficial y la fuerza actúan, pues, en proporción con la gobernabilidad. Que es lo mismo que decir que a uno lo equlibran o lo normalizan con indoctrinación y a palazos.
El papel de intermediación de la política y de los políticos se perratea cuando el estado ha sido absorbido o cooptado por los gobiernos y estos lo han sido a su vez por poderes particulares, es decir, cuando hay acumulación de respuestas en demandantes privilegiados; cuando los políticos, que por su papel original de intermediación tienen un pie en el gobierno y otro en la sociedad, terminan con los dos pies en el estado ya convertido en gobierno y este a su vez en estafeta particular; y cuando hay déficit entre demandas y respuestas artificialmente creado por mal uso y por uso privilegiado de los recursos. Estos tres fenómenos son tan asincrónicos como artificiales; en relación con lo primero, porque pueden ser a la vez causas y consecuenciass entre si; y, en relación con lo segundo, porque las catástrofes que llamamos naturales y que desnudan dramáticamente los déficits, son cada vez menos naturales y espontáneas. 
En este contexto se puede decir que un buen político es un buen equilibrista y que hay equilibristas que caminan torcidos en la cuerda, pero caminan; y que un politico bueno sería aquel que es equilibrista, que no camina torcido y que además es equitativo. ¿A lo mejor lo encontraremos en el cirque du soleil, cuando vuelva?

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