El día del poeta

Autor: Iván de J. Guzmán López
7 octubre de 2017 - 12:08 AM

El 4 de octubre se conmemoró el Día del Poeta y el autor recuerda cómo lo celebró

Se ha dicho -y con miles de razones-, que Colombia es tierra de poetas. No obstante, el pasado 4 de octubre, día del poeta, pasó casi que inadvertido en esta tierra de Dios. No hubo recitales de poesía en ninguna biblioteca colombiana; la radio no dio espacio a ningún poeta; la prensa sólo informó de malas noticias, y la televisión se ocupó de banalidades, lejanas a la lírica, al corazón y al alma. ¡Ningún espacio para la bella y frondosa poesía colombiana!

Poco importa. En el universal espacio de mi biblioteca, pidiendo permiso a los grandes del mundo, valga decir, a mi sardónico Charles Bukowski; al fino Agostinho Neto, al dulce polaco Czeslaw Milosz, a mi hermosa cubanita Dulce María Loynaz, a la estremecedora Emily Dickinson; a Federico García Lorca, el de la hermosa vega de Granada; al doloroso peruano César Vallejo, que anunció su muerte en París con aguacero; al epopèyico Ezra Pound, al insondable Jorge Luis Borges, al amoroso y doliente José Ángel Buesa; a Gustavo Adolfo Bécquer, el sevillano de las oscuras golondrinas; al hermano mejicano José Emilio Pacheco; al buscador del hombre cubano, José Lezama Lima; al siempre griego Konstantino Kavafis, el de Los caballos de Aquiles; a mi plácido y doloroso español Juan Ramón Jiménez, al siempre enamorado Mario Benedetti, a un dolor llamado Miguel Hernández; a Joseph Brodsky y León Felipe; al cantor universal Walt Whitman; a mi inigualable y siempre recordado Vladimir Maiakovski, el que prometìa a su Lilita no ser un hombre, sino una nube en pantalones; al terrible William Blake, al fraterno Wole Soyinka, al Neruda que cantaba a su Albertina Rosa, y a muchos otros, celebré de pluma y corazón compartido con mis hermanos poetas de Colombia, empezando por mi entrañable Meira del Mar, la reina del mar, la de los cedros del Lìbano: “Vuelvo a tenerte, amor, /  como si nunca /  te me hubieras ido. / Tus manos me recorren /  el rostro suavemente, /  y te oigo la voz en un susurro /  que me roza el oído. / Vuelvo a tenerte /  y pienso en el perfume /  que de nuevo me hiere /  aunque el jazmín no exista”.

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Y cantè a duo con  Alberto Ànjel Montoya: “Yo no sueño con manos gentilicias /  blancas como las blancas azucenas. /  Albas las sueño, mas las sueño plenas /  de pasión y de eróticas primicias. /  Manos para los rezos impropicias. /  Pálidos nidos de azuladas venas. / Manos sabias en íntimas caricias. /  Manos para borrar todas las penas. /  Manos que entre las uñas afiladas /  guarden cruentas lujurias ignoradas. /  Y al mandato de sádicos fervores, /  clavaran su febril concupiscencia /  en la misma maniática inconsciencia /  con que otras manos deshojaran flores”.

Con Jorge Montoya Toro, mi antiguo amigo de tardes nebulosas, canté: “Me gustas porque sí. Sencillamente / mi corazón te quiere. No hallaría / la palabra de íntima alegría / que te expresara lo que mi alma siente. / Y yo te quiero así. Tan simplemente / como el agua al paisaje, como el día /  la rosa que alza su ufana / frente a la primavera floreciente. / Te amo con sencilla transparencia, / con un amor apenas insinuado / que se vuelve silencio en tu presencia. / Con un tan dulce corazón herido / que si no te dijera que te he amado / lo sabrías oyendo su latido”. 

Con Jorge Carranza, poeta de Colombia, como gustaba a Neruda llamarle, musité: “Te llamarás silencio en adelante. / Y el sitio que ocupabas en el aire / se llamará melancolía. / Escribiré en el vino rojo un nombre: / el tu nombre que estuvo junto a mi alma / sonriendo entre violetas. / Ahora miro largamente, absorto, / esta mano que anduvo por tu rostro, / que soñó junto a ti. / Esta mano lejana, de otro mundo / que conoció una rosa y otra rosa, / y el tibio, el lento nácar. / Un día iré a buscarme, iré a buscar / mi fantasma sediento entre los pinos / y la palabra amor. / Te llamarás silencio en adelante. / Lo escribo con la mano que aquel día  / iba contigo entre los pinos”.

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Con Piedad Bonnet, dijimos: “Nunca fue tan hermosa la mentira / como en tu boca, en medio / de pequeñas verdades banales /  que eran todo /  tu mundo que yo amaba, /  mentira desprendida /  sin afanes, cayendo  /  como lluvia, /  sobre la oscura tierra desolada.  / Nunca tan dulce fue la mentirosa /  palabra enamorada apenas dicha, /  ni tan altos los sueños /  ni tan fiero / el fuego esplendoroso que sembrara. /  Nunca, tampoco, /  tanto dolor se amotinó de golpe, /  ni tan herida estuvo la esperanza”.

También estuvo, en mi biblioteca, mi querida poeta Olga Elena Mattei, grande, entre las grandes de Colombia, para repetirme lo que alguna vez escribió de mí: “Estoy segura de que este investigador, biógrafo y crítico, es, por añadidura, un colega poeta. Me gustaría descubrir sus pecados liricos… que no queden para siempre inéditos y sepultados en la oscuridad…”. Pocos poetas faltaron a la cita en mi biblioteca, ese 4 de octubre, dìa del poeta colombiano, dìa que nadie celebrò en las bibliotecas públicas, ni en la radio, ni en la prensa, y mucho menos en nuestra pobre y pueril televisión.

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