Deslinde o proximidades

Autor: Sergio de la Torre Gómez
17 diciembre de 2017 - 12:09 AM

La mayoría no resisten la dura y prolongada prueba, el desengaño colectivo que causan y la sensación o conciencia del ridículo que los carcome

El escenario político, que se congestiona en vísperas electorales, se aclara en la medida en que los protagonistas van desapareciendo, bien por consunción, o por simple desengaño. No hay espacio en la vida en que lo inocuo o superfluo no se volatilice, desocupándolo, pues de lo contrario acabaría estorbando más de la cuenta, o contaminando. La política, como todo lo que importa en la sociedad o en la naturaleza, de algún modo replica y se asemeja a la física, donde debe haber una ley de simplificación o algo parecido que controle la sobrecarga y elimine lo que sobra. Lo que sobra degrada.

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En la praxis política el protagonista divierte a ratos, pero acaba fatigando siempre. Por ejemplo, abierta en Colombia la competencia presidencial, proliferan los aspirantes, pues los requisitos para inscribirse como tales son laxos comparados con lo exigido en otras latitudes. Aquí cualquier payaso de ocasión o megalómano ansioso de exhibirse puede de entrada postularse para el más alto cargo, o lo que llaman “máxima dignidad” de la Nación. Y sucede lo propio dentro de los partidos, merced a la democracia interna que en buena hora han adoptado y que permite a cualquiera, sin trabas mayores, en calidad de precandidato, aspirar a la candidatura final. No importa que el partido sufra de atrofia, o esté disminuido y hasta en vías de extinción. Como, digamos, la U, que tuvo tantos postulantes, entre ellos el infaltable Roy Barreras, a quien nadie ha podido superar en cuanto a la escasa simpatía que inspira. Y la fatiga que produce su convulsiva figuración en los medios y su incorregible transfuguismo, o cambios de filiación según sea el presidente de turno. Corrijo: tal vez sí lo supera Benedetti, con quien se disputa el campeonato de la reptante zalamería hoy tan de moda, todo lo cual se perdonaría si no anduviera acompañado de tanta mediocridad. También ocurre que el exceso de aparición en la prensa, sin razón que lo amerite, lejos de favorecer perjudica. Sobre todo, cuando el sujeto aporta poco o nada. Salvo unos versos muy adornados pero tediosos, como los que suele cometer el mismo Roy, o diatribas estridentes como las de Benedeti. A propósito de lo anterior, nunca entendí cómo el presidente Santos, supremo responsable y custodio de su partido, desde un principio no mandó amordazar este par de cotorras que tanto lo han afectado con su insubstancial parla, su histrionismo pueril. Y que me perdonen los loritos por la comparación.
Volvamos al tema: todo se decanta y lo que empezó con 50 aspirantes ahora va en 15, más o menos. La mayoría no resisten la dura y prolongada prueba, el desengaño colectivo que causan y la sensación o conciencia del ridículo que los carcome. Por algo decía el poeta Guillermo Valencia: “¡Oh democracia, bendita seas aunque así nos mates!”

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Se simplifica también el panorama electoral porque los candidatos se repiten entre sí hasta lucir idénticos. Dicen o callan lo mismo. Y así tienden a reagruparse alrededor de los más fuertes y promisorios en cada tendencia. Hasta que sólo queden para debutar a mediados del año entrante en la primera vuelta tres tendencias: un centro, una izquierda y una derecha bien delimitadas por sus prospectos, y por el tono y talante que muestren. Sin matices, indefiniciones o claroscuros en que se combinen y entremezclen, ahora que el elector pide claridad, verticalidad, sin esguinces ni entremezclas calculadas para no provocar u ofender a nadie. A juzgar por lo que hoy vemos u oímos no es difícil predecir desde ya quién irá a la primera vuelta abanderando cada bando. Creo que no pasarán de tres por bando o tendencia, para un total de nueve. De ello hablaremos a comienzos de enero, pues por lo pronto este columnista, con la venia del periódico y de los lectores, estará ausente.

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