De odios actuales y heredados

Autor: Hernán Mira Fernández
24 septiembre de 2017 - 12:07 AM

El odio se ha revivido ahora cuando la política se ha personalizado y se vive el encarnizado enfrentamiento de Uribe contra Santos.

¿Colombia es un país del odio? La verdad es que nuestra historia ha estado plagada, inundada de odios desde el pasado colonial hasta nuestros días, donde ese terrible fenómeno del odio crece como la cizaña que nos impide dar un paso adelante, como muy bien lo señalaba el papa Francisco.

En la colonia hubo un enconado enfrentamiento entre Francisco Pizarro y Diego de Almagro, posteriormente los jesuítas fueron blanco del odio de otras comunidades hasta llegar a ser expulsados del país por el presidente José Hilario López –el odio intenso lleva al asco que conduce a alejar el otro para no ser contaminados-, Mariano Ospina Rodríguez y Tomás Cipriano Mosquera llevaron sus odios hasta la guerra. Miguel Antonio Caro fue otro de  los grandes odiadores y de su cosecha es la frase “en Colombia no existen partidos políticos sino odios heredados” nacida de su propia vivencia, reeditada ahora cuando la política se ha personalizado y se vive el encarnizado enfrentamiento de Uribe contra Santos.

Los colombianos hemos sido muy fanáticos y en Antioquia ese fanatismo, que va muy de la mano con el odio, ha echado fuertes raíces. No es sino ver el trágico fanatismo de los hinchas de fútbol que ha causado tantas muertes, el extremismo religioso por fortuna ya amainado, pero cuyo fantasma reapareció en el pasado plebiscito como odio ciego a la que se hizo ver como “ideología de género”, y en política la violenta división liberal conservadora ya bien extinguida pero que, en la personalización de la política, aparece bien claro ese fanatismo en el seguimiento ciego a un caudillo de estas entrañas y el rechazo hasta la descalificación, negación y el odio de sus opositores y contradictores.

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El fanatismo y su gran hermano el odio, han sido armas políticas de los líderes totalitarios. Dos ejemplos retratan bien claro esta situación. Eva Perón, gran líder populista, en 1952, envió a sus seguidores lo que llamó “Mi mensaje” en el que se lee: “Solamente los fanáticos -que son idealistas y son sectarios- no se entregan. Los fríos, los indiferentes, no deben servir al pueblo. No pueden servirlo aunque quieran”. ”Por eso los venceremos. Porque aunque tengan dinero, privilegios, jerarquías, poder y riquezas no podrán ser nunca fanáticos. Porque no tienen corazón. Nosotros sí”. Grandioso elogio del fanatismo y descalificación de esos otros que considera sin corazón. ¿Qué tal?

Entre nosotros, Eduardo Santos, en el prologo del libro Núñez de Indalecio Liévano, hace un rechazo pero a la vez un reclamo, muy en su estilo, del fanatismo. Habla de Núñez y los radicales y dice: “El grupo radical tenía indiscutiblemente excelsas condiciones morales, pero adolecía de un fanatismo y de una intransigencia que a todos nos costó muy caro. Cuando el doctor Núñez preconizaba reformas que la opinión nacional reclamaba con angustia, ellos cerraban los ojos a esa política reformista para no pensar sino en el odiado enemigo”. Este expresidente reclama fanatismo para los propios pero lo rechaza en los ajenos, hoy otro expresidente se arropa en el fanatismo de esos seguidores de “el que diga” y reacciona furibundo ante sus críticos.

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Hitler fue un fuera de concurso en esto del fanatismo y el odio. El Führer decía que la nación (amor a la patria) es superior al individuo, que el orden y la autoridad son superiores a toda iniciativa de los individuos, que el internacionalismo y la igualdad son opuestos a la raza superior. “Lo único estable es la emoción y el odio”, se daba cuenta de que tanto más conquistaba a su público cuanto más predicaba la intolerancia, la fuerza, el odio, para resolver los problemas de Alemania. Hitler, había comprendido que el odio se encuentra entre las emociones más poderosas. Para el supremo constituiría un suicidio renunciar al odio.

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A los ciudadanos nos corresponde impedir que ese “placer” del odio se normalice dentro de la vida de la nación y que las emociones  aparezcan como argumentos racionales. Tenemos que desenmascarar el odio y defender la auténtica democracia. Demos este paso adelante.

 

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