De la Semana Santa a la Pascua

Autor: Pbro. Emilio Betancur
22 abril de 2017 - 07:33 PM

Ante la victoria definitiva del resucitado el espíritu del mal siempre será temporal.

Medellín

Es general la complacencia de fieles y pastores con la amplia participación del pueblo de Dios en los días de la Semana Santa. Aunque la fe que se apoya en una Semana Santa que enfatiza lo externo, puede ser débil e insuficiente, no se puede dejar de lado, por su fervor, recta intención y posibilidad pastoral de un inicio en el proceso de la fe. A Tomás no le pareció suficiente el testimonio de sus amigos, por ello no estuvo dispuesto a creer en la resurrección de Jesús. A pesar de todo, el resucitado acepta esperar ocho días más, cuando esté con la comunidad, para darle la oportunidad de superar sus primeras dificultades, obteniendo, aunque fuera un poco más tarde, una excelente profesión de fe, estando en comunidad: “Señor mío y Dios mío”, Jesús añadió: Tú crees porque has visto, dichosos los que creen sin haber visto” (evangelio). Nosotros, las comunidades actuales somos los que creemos sin haber visto. El resucitado siempre se ha encargado de esparcir nuestras dudas, alimentadas por la suficiencia, para convertirlas en creencias por la experiencia de la fe; porque solo desde su experiencia de resucitado, el hombre cree realmente.

De las heridas a las cicatrices

La muestra de las heridas en las manos y el costado tiende a la identificación personal; es el mismo Jesús con quien habían convivido antes de la pasión, que, sin tenerlo como impostor sí pensaban que habían sido sometidos a un cierto engaño, porque el maravilloso sueño de la restauración del reino de Israel por el Mesías y el cambio de suerte para los pobres, había desaparecido; sólo que el paso de las heridas a las cicatrices, de la muerte a la resurrección, entrañaban una nueva perspectiva de la vida sobre la muerte y sus signos. De hecho, la repetición de la paz en tres momentos sucesivos podría indicar la necesidad de sanar los temores, signos de la muerte, antes de ir a la misión de anunciar la resurrección: “Como el Padre me ha enviado así también los envío yo, reciban el Espíritu Santo”. A los que perdonen los pecados les serán perdonados y a quienes no se los perdonen les quedarán retenidos” (evangelio).

Lo que puede ocurrir en Pascua

Todo lo anterior ocurrió en pascua como signo de la resurrección de Jesús y tiempo decisivo para fortalecer lo que Pablo llamaba “el hombre interior” (Rm 7,22), originado por la acción del Espíritu en el bautismo; cuyas promesas renovamos en la noche pascual. Nos corresponde que el Espíritu Santo gane en nuestro interior la batalla contra el mal, la muerte, y sus tendencias de violencia, rencor, retaliación, polarización y egoísmo, enemigos del perdón y la reconciliación para la paz, primeros signos de la resurrección de Jesús. La paz es el signo de las heridas convertidas en cicatrices sin más desilusiones: “mi paz os dejo, mi paz os doy; y no se las doy como la da el mundo”. (Jn 14,27). ¡Qué mensaje tienen estas palabras para nuestro proceso de paz!. 

Vulnerables pero resucitados

Ante la victoria definitiva del resucitado el espíritu del mal siempre será temporal. A Jesús no le interesan los caprichos, prejuicios, lentitudes o ímpetus de nosotros sus discípulos; Él sabe que nuestra fe es tan frágil como la piel y nuestras heridas son gloriosas, como las del crucificado, a pesar de notarse su vulnerabilidad. La sanación de una herida no supone que desaparezca del todo la cicatriz como huella del sufrimiento. La herida esta sanada cuando en lugar de respirar resentimiento o murmuración da signos de paz y mantiene viva en la memoria la muerte y resurrección de Jesús como fuente de perdón y reconciliación. Debemos tener cuidado pastoral con el memorial de la muerte y resurrección de Jesús para que no se relativice o pierda por las intenciones y ofrendas de cada eucaristía. 

Lo que nos constituye como personas es lo que decidimos perdonar y el modo como decidimos recordarlo. No ser capaces de recordar es no saber quiénes somos y el evitar recordar es otra forma de violencia. “Bendito sea Dios Padre de nuestro señor Jesucristo, por su gran misericordia, porque al resucitar a Jesucristo de entre los muertos, nos concedió renacer a la esperanza de una vida nueva… por eso alégrense, aunque ahora tenga que sufrir un poco por adversidades de toda clase. A Cristo Jesús no lo han visto y sin embargo, lo aman; al creer en Él ahora, sin verlo, se llenan de una paz alegre e indescriptible” (segunda lectura).

Saber abrir y cerrar

Si las puertas estaban cerradas por miedo a los romanos y judíos Jesús nunca dijo: “déjenlas cerradas”; es misión de la comunidad abrir todas las puertas para que entre el resucitado. El capítulo sexto de la carta a los Romanos nos indica cómo se pueden abrir las puertas al resucitado por medio del bautismo y cerrarlas al mal por la acción del perdón y la reconciliación.

Lucas ha indicado que sólo el Espíritu del Resucitado puede abrir las puertas para dar vida a una comunidad auténticamente cristiana.

“Todos los creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común. Los que eran dueños de bienes o propiedades los vendían, y el producto era distribuido entre todos, según las necesidades de cada uno. Diariamente se reunían en el templo y en las casas, compartían el pan y comían juntos, con alegría y sencillez de corazón; alababan a Dios y toda la gente los estimaba. Y el Señor aumentaba cada día el número de los que habían de salvarse” (Primera lectura).

La celebración eucarística de hoy es una fuente de discernimiento para saber abrir las puertas de la paz, compartiendo la pascua con la sociedad y particularmente con la familia; cuidando nuestro interior para no perder la paz por propuestas u opciones que nos encierran y polarizan. Dios quiera que esto no suceda para que nuestro conflicto no sea más largo y penoso por falta de perdón y reconciliación; además por el riesgo de no poder contar con una comunidad cristiana reconciliada en su interior; responsabilidad que compete primordialmente a sus guías espirituales.

 

LECTURAS DEL DOMINGO 2º DE PASCUA - CICLO A

Domingo, 23 de abril de 2017

PRIMERA LECTURA

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (2,42-47):

Los hermanos perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones. 

Todo el mundo estaba impresionado, y los apóstoles hacían muchos prodigios y signos. Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno.

Con perseverancia acudían a diario al templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón; alababan a Dios y eran bien vistos de todo el pueblo; y día tras día el Señor iba agregando a los que se iban salvando.

Palabra de Dios

 

SALMO

Sal 117,2-4.13- 15.22-24

R/. Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia

Diga la casa de Israel:

eterna es su misericordia.

Diga la casa de Aarón:

eterna es su misericordia.

Digan los fieles del Señor:

eterna es su misericordia. R/.

 

Empujaban y empujaban para derribarme,

pero el Señor me ayudó;

el Señor es mi fuerza y mi energía,

él es mi salvación.

Escuchad: hay cantos de victoria

en las tiendas de los justos. R/.

 

La piedra que desecharon los arquitectos

es ahora la piedra angular.

Es el Señor quien lo ha hecho,

ha sido un milagro patente.

Éste es el día que hizo el Señor:

sea nuestra alegría y nuestro gozo. R/.

 

SEGUNDA LECTURA

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro (1,3-9):

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor, Jesucristo, que, por su gran misericordia, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha regenerado para una esperanza viva; para una herencia incorruptible, intachable e inmarcesible, reservada en el cielo a vosotros, que, mediante la fe, estáis protegidos con la fuerza de Dios; para una salvación dispuesta a revelarse en el momento final. 

Por ello os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un Poco en pruebas diversas; así la autenticidad de vuestra fe, má preciosa que el oro, que, aunque es perecedero, se aquilata a fuego, merecerá premio, gloria y honor en la revelación de Jesucristo; sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe: la salvación de vuestras almas.

Palabra de Dios

 

EVANGELIO

Lectura del santo evangelio según san Juan (20,19-31):

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:  Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado,  sí también os envío yo».

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos.

Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros».

Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».

Contestó Tomás: «Señor mío y Dios mío!».

Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre. 

Palabra del Señor

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