Buena o mala leche 

Autor: Manuel Manrique Castro
14 junio de 2017 - 12:05 AM

Cada quien verá si lo gana la zona de comodidad alimenticia en que está o si se anima a dar el paso, para indagar, estudiar y, finalmente, sacar sus propias conclusiones.

Quién de nosotros no ha tomado leche cuando chico. La leche era y aún es sinónimo de salud y fortaleza. Para tener buena dentadura, huesos firmes y crecer, había que beber leche. Leche para hacer deporte y leche para conservarse sano. 

Era un producto de precio accesible, solía llegar a la puerta de casa y las familias aprendían a utilizarla de muchas formas. Se podía usar en dulces o salados para cualquier hora del día, incluso como calmante de la sed. Quienes crecimos a ese ritmo éramos incapaces de concebir desayuno o final de tarde sin café con leche. 

Cuando la producción artesanal cedió el paso a la industria lechera y con ella a la prueba supuestamente irrefutable de calidad, resultado de la pasteurización y el embalaje Tetrapak, el reinado de la leche se hizo mayor aún. Luego vino la publicidad a gran escala y el glamour de los avisos televisivos encargados de vendernos el producto como factor poderoso de la felicidad familiar. La imagen de las botellas de vidrio o los lecheros encargados de la entrega a domicilio se convirtió en pasado. 

Previamente y después de la II Guerra Mundial las llamadas leches maternizadas irrumpieron en la vida de los recién nacidos convertidas en competencia nociva y desleal para la lactancia materna. El para entonces arraigado consumo del lácteo animal pavimentó el camino para que así fuera. Si los adultos ya consumían ese producto, por qué no ofertar un equivalente destinado a los bebés añadiéndole el ingrediente de que su llegada era sinónimo de solución alimenticia y modernidad, sin descontar, mas no evidenciar, el jugoso negocio que su comercialización representaba. 

Sin embargo, un niño alimentado con fórmula láctea y no con leche materna durante sus primeros meses de vida, tiene 14 veces más posibilidades de ingresar a un hospital por infecciones gastrointestinales y cinco veces más por afecciones respiratorias.

En medio de esa fiesta de consumo por los supuestos beneficios de las leches no humanas, acuciosos científicos e investigadores de la salud se preguntaron a qué se debía el generalizado y extendido consumo de leche de vaca por la especie humana, y no pocas veces por recomendación de médicos, si aún los terneros lo hacen sólo durante sus primeros meses de vida. Uno de los hallazgos fue que la leche vacuna no está diseñada ni es adecuada para el metabolismo humano.

La evidencia científica ha revelado de muchas formas no sólo nuestra incapacidad para procesar los componentes de la leche procedente de otra especie animal y sus consecuencias nocivas sobre la salud humana, sino también los efectos adversos que los cuidados veterinarios requeridos para mantener incesantemente productivos a estos animales nos trae consecuencias negativas, como sucede con las hormonas y antibióticos suministrados al ganado para controlar enfermedades capaces de poner en riesgo su rendimiento y que, transferidas a la leche, acaban en nuestro organismo. 

La leche puede provocar alergias de varios tipos, los niños asmáticos mejoran considerablemente si dejan de tomar leche y sucede lo mismo con otras afecciones respiratorias. La diarrea es el síntoma gastrointestinal más frecuente entre los niños con intolerancia a la lactosa proveniente del ganado. Los países con mayor consumo de leche son los de mayor osteoporosis. La lista de dolencias asociadas al consumo de la leche de vaca, según los estudiosos del tema, es larga e incluye, entre otras, artritis, asma, distintos tipos de cáncer, colon irritable, cálculos renales, diabetes mellitus tipo I, linfomas, migraña, reacciones alérgicas, desajustes gastro intestinales y más. 

Vea también: La epidemia de nuestro tiempo

Mal puedo en estas breves líneas argumentar con abundancia sobre los efectos adversos de la leche de vaca para el ser humano a lo largo de todas las etapas de su vida. Pero lo que sí puedo es recomendar, en letras mayúsculas, la consulta a las fuentes de conocimiento disponibles cuyo contenido explica en detalle con abundancia de casos, cómo este producto no es el néctar de vida que parece y de qué manera afecta tanto la salud pública como la economía estatal y ciudadana. 

Esto no tiene que ver con compañías conocidas que por años han sido parte de nuestro panorama empresarial y si con una realidad que ya tiene suficiente peso como para dejarla pasar hasta que, en algún momento, se maneje como un asunto de salud pública, tal cual viene sucediendo, por ejemplo, con el azúcar. Cada quien verá si lo gana la zona de comodidad alimenticia en que está o si se anima a dar el paso, para indagar, estudiar y, finalmente, sacar sus propias conclusiones. 
 

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