Bebés políticos

Autor: Fabio Humberto Giraldo Jiménez
28 noviembre de 2017 - 12:06 AM

Siguen siendo mucho más decisivas, en el ejercicio de la política, la apariencia, la informalidad, la simulación, el disimulo y el secreto que la visibilidad y la transparencia

En sentido general la voluntad de poder es deseo de dominación cruda o sofisticada; de ambas maneras es un deseo visceral, intenso e irracional. En sentido específicamente político, la voluntad de poder es deseo de ejercer autoridad legítima y legal, si por legítima se entiende que ese poder ha sido consensuado y autorizado, no impuesto, y por legal se entiende que está normativamente definido y limitado.

En la práctica se difumina esta claridad conceptual porque es muy difícil diferenciar entre poder como dominación y poder como ejercicio de la autoridad y aún más difícil entre poder egoísta y poder altruista.

Hoy sabemos que, 1) no son necesariamente excluyentes en la práctica política la dominación, ruda o elegante, con el ejercicio de la autoridad; o, en otros  términos, sabemos que se mezclan en diversas dosis las tres formas de dominación definidas por Max Weber -legal, tradicional y carismática-; 2)  aunque se ha avanzado en el control jurídico para delimitar y definir las interacciones entre lo público y lo privado aun con riesgo de controlar la libertad, todavía siguen siendo mucho más decisivas, en el ejercicio de la política, la apariencia, la informalidad, la simulación, el disimulo y el secreto que la visibilidad y la transparencia; 4) junto a los poderes políticos visibles, coexisten poderes invisibles, subgobiernos, criptogobiernos y paragobiernos; 4) en el ejercicio del poder, bien sea en su forma más original como dominación o en su forma política como ejercicio de autoridad, hay una buena dosis de egoísmo, de goce personal, de búsqueda de reconocimiento, de respeto y de privilegios; 5) esta frontera borrosa, que parece dibujada deliberadamente así, elude la comprensión y la explicación, con fines terapéuticos, de la impronta de deseos y comportamientos  privados impuestos a las instituciones públicas; 6) aunque es una virtud, no pocas veces el altruismo mimetiza la egolatría; 7) por todo lo anterior se hace más fácil la ilegalidad de la corrupción que consiste en la conversión de las agendas privadas en agendas públicas.

En relación la frontera entre el egoísmo y el altruismo, es muy ilustrativo, aunque no suficientemente explicativo, el hecho de que los bebés y las personas que se eternizan en esa primera etapa de la vida, sean los más radicales dominadores y privatizadores. Contrariamente a lo que parece, los niños en sus primeros meses de vida no son seres dependientes, sino colonizadores avasallantes en busca de privilegios. Un bebé, durante sus primeros meses, es un pequeño e intenso Leviathan; por supuesto que es un bello y ameno ser, pero en él vienen fundidos el egoísmo, la egolatría y el individualismo; en esa fusión no hay lugar ni tiempo para el otro; todo es privado; no existe el mundo exterior, sino como prolongación de las necesidades del propio. Es la completa unidad del ello, el yo y el superyo. Puesto que no tiene normas sino necesidades, el bebé es un utilitarista concreto y desparpajado: lo que no le sirve no existe, y lo que le sirve lo agarra para sí. Es grosero, pedante e indiferente. Sus sonrisas celebran sus satisfacciones, no las morisquetas de esas sombras borrosas que lo asedian con ternuras. Contrariamente al feliz engaño inducido por el amor, la mamá no existe; no es una mamá, sino una gran teta. Y el papá, apenas un ruido sordo e incoherente.

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Esa personalidad egoísta no se abandona nunca de manera definitiva ni total, aunque se puede atemperar con su contracara que es la personalidad altruista. Pero el altruismo puede convertirse en una mesiánica proyección de sí mismo en los otros o en una mostrenca identificación. Por eso pueden terminar coincidiendo el egoísmo radical del bebé con el altruismo radical del político bebé. Ambos absorbentes autoritarios. No puede ser casual que exista tanta semejanza entre la tiranía de un bebé con la del personaje glotón, agalludo, ambicioso, avaro, avaricioso y codicioso que se mimetiza con cromática eficiencia como desinteresado “esclavo de lo público”.

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