Aldemar

Autor: Johnatan Clavijo
20 abril de 2017 - 12:05 AM

Aldemar es un hombre de 28 años, guerrillero de las Farc desde que tenía 8, y al que conocí en la vereda Buenavista, en Mesetas, Meta.

Aldemar es un hombre de 28 años, guerrillero de las Farc desde que tenía 8, y al que conocí en la vereda Buenavista, en Mesetas, Meta. Él, con sus historias, con sus breves relatos sobre la guerra, me llevó al borde de las lágrimas.

Aldemar me contó que se metió a la guerra por gusto. Me dijo que a esa corta edad le parecía muy atractivo tener un arma. La guerrilla no tuvo mayor problema en dársela y, de paso, despertar en él su “conciencia revolucionaria”.  Luego me comentó que se quedó en las Farc porque no había otra vía para luchar contra las injusticias del Estado. Sí, ya habían logrado su cometido ideológico.

Inicialmente, me impactó de él su interés por leer una versión de Romeo y Julieta que encontró en una de las Bibliotecas Públicas Móviles que el Ministerio de Cultura y la Biblioteca Nacional de Colombia instalaron en las veredas que acogen los campamentos de las Farc. “Un guerrillero romántico…”, pensé estúpidamente.

Me acerqué a él con curiosidad y al conocer su edad, 28 años, reflexioné sobre los caminos tan distintos que un país como el nuestro puede ofrecerle a sus hijos, pues al yo tener una edad cercana a la de Aldemar, no pude más que intentar ponerme en su lugar y preguntarme cómo sería mi vida si desde los ocho años hubiera tenido un fusil al hombro y si mi única escuela hubiese sido la de Manuel Marulanda Vélez y su ideal de tomar el poder por medio de las armas… ¿qué podría pensar yo sobre el mundo que me rodea…?

Las lágrimas estuvieron a punto de salir cuando hablé con Aldemar sobre la muerte en medio de la guerra y lo que se experimenta al ver morir a compañeros y amigos. Este joven campesino –porque en esencia es un campesino– no puede sacar de su mente aquel ataque con bombas en medio de la madrugada en el que fallecieron, según recuerda, doce mujeres guerrilleras. Pasar por encima de sus cuerpos destruidos fue lo más escabroso, me confesó, y aquella imagen que quiso transmitirme con sus palabras, aunque de solo imaginarla es terrorífica, se que nunca se va a poder comparar con la reacción de estar allí y presenciar la muerte humana de una manera tan aniquiladora y sanguinaria como él tuvo que vivirlo. Corrían, más o menos, los tiempos del segundo mandato de Álvaro Uribe Vélez, y se implementaba una tecnología de punta con bombas “perseguidoras”, que daban en el punto exacto, lo que hacía que la guerrilla se tuviera que replegar y esconder aún más.

Por supuesto, si hablara con un soldado colombiano, él también podría contarme sobre el drama de la guerra, sobre la rabia y el dolor de perder un compañero en medio de una batalla, sobre lo que implica coger un arma para matar, con escasos 18 años. Pero no se trata de comparar bandos, ni de decir quién ha sufrido más, se trata de que por un momento, más allá de banderas o causas políticas, uno se ponga a pensar en seres humanos que nacieron como nacimos todos los seres humanos, que respiran, que sienten miedo y rabia, amor y odio, que algún día jugaron, otro lloraron y otro más sonrieron…

Cuando uno ve de frente a un supuesto “terrorista”, cuando le pone cara y conversa con él, cuando conoce sus emociones y sentimientos, cuando deja de lado toda disputa u odio para ver solo a un ser humano como uno, en ese momento, uno puede pensar que no hay muerte que valga la pena y que parte de la enfermedad de nuestro mundo es creer que hay vidas que valen más que otras o que merecen vivir más que otras. ¡Qué equivocados estamos!

Nota de cierre: no es pues, esta columna, una exhortación al homenaje frente a los guerrilleros muertos en combate, sino un intento de reflexión humana que quiere destacar el valor de la vida como el bien máximo que una sociedad debe defender; incluso, el valor de la vida de aquellos que amenazaron la vida de otros. Se viene un reto grande para nuestra sociedad y es el de defender la vida de miles de hombres y mujeres que están a punto de dejar las armas. Ojalá no nos sigamos matando.

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