A propósito de Jose Fouché

Autor: Fabio Humberto Giraldo Jiménez
19 diciembre de 2017 - 12:09 AM

Hacen verosímil para nuestra inteligencia emocional y tolerable para costumbres morales frívolas, que se considere exitosa la bellaquería de usar el poder público para sí mismos

No es nada difícil encontrar, entre los políticos colombianos actuales, un personaje similar a José Fouché, cuyo genio, salido de la nada, le permitió cabalgar casi sin apearse durante 37 años en monturas tan broncas y disímiles como la revolución francesa durante el primer período republicano, el imperio napoleónico y la restauración borbónica. En el primero como miembro de la asamblea nacional y en ella como prominente y radical jacobino y eficiente proveedor de la limpieza ejecutada a punta de guillotina por el comité de salud pública durante el régimen del terror inspirado por Robespierre. Superada esta época de sangriento revoltijo, en la que el mismo inspirador fue guillotinado, Fouché, quien fue acusado por el “Incorruptible” de poner la canasta para su cabeza, apenas si fue apeado para un cambio de posta, reapareciendo durante el moderado gobierno del Directorio, ya en los últimos trances del rizoma revolucionario, montado en una nueva cresta de ola como jefe de policía, cargo desde el cual creó una especie de central de espionaje y contraespionaje en el más moderno y pervertido significado del concepto, que le sirvió para ayudar a tejer el golpe de estado del dieciocho brumario, con el que Napoleón, aprovechando la confusión, hizo trizas la primera república y sembró sus primeros pinitos como emperador. Contra toda evidencia y sabidos sus antecedentes poco confiables, nuestro personaje siguió sirviendo como jefe de policía durante el imperio napoleónico, con cortas caminatas por cargos de exilio diplomático como suave castigo por sus constantes e insoslayables devaneos políticos. Y, como si fuera poco, después de la definitiva derrota de Napoleón en Waterloo, llegó a ser hábil cortesano, y más aún Duque, durante la época de la restauración borbónica, hasta que por fin los realistas radicales le cobraron su participación en la decapitación de uno de los borbones, Luis XVI, durante los albores de la revolución. Pero con todo y esto, murió rico, Duque y en una cama exiliada, pero cama al fin de cuentas. 
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Si se tratara de un funcionario de carrera administrativa en un estado moderno, podría considerarse normal la travesía política de Fouché. Pero no es el caso. Fouché fue promotor de tres formas de estado, regímenes y gobiernos diferentes, contrarios, cortos, provisionales, inestables y violentos; así lo fue de instituciones y procesos propios de un grupo de revolucionarios en faena de desmontaje de una rancia dinastía monárquica y, al mismo tiempo, en los afanes de fundar una república; de los propios de un imperio que trató de expandir el poder histórico de Francia aprovechando la efervescencia y la confusión revolucionarias; y los de una dinastía monárquica que trató de recuperar el poder perdido en los anteriores. 
Huelga decir que se necesita mucho más que suerte para practicar con éxito la catequesis de Maquiavelo en trances tan variados y, después de todo, morir con las botas puestas. 
Este “genio tenebroso” como lo llamó Stefan Zweig, su gran biógrafo, es la personificación real del gobernante ideal de Maquiavelo el gran teórico del maquiavelismo. En él se consuman, por un lado, todas las versátiles atribuciones y habilidades de los pícaros más pícaros de la picaresca literaria puestas a prueba en cualquier ambiente veleidoso, inconstante y voluble y, por el otro, la paradójica ilación de una voluntad de poder que convierte en relato coherente toda incoherencia, es decir, haciendo texto en el que adquieren sentido frases como aquella en la que se afirma que los únicos que no cambian en política son los idiotas y aquella otra según la cual la política es dinámica. 
José Fouché está presente de palabra y obra en todos aquellos que, sobre todo en época de elecciones, hacen verosímil para nuestra inteligencia emocional y tolerable para costumbres morales frívolas, que se considere exitosa la bellaquería de usar el poder público para sí mismos, para sus amigos y sus empresas privadas y actuar como funcionarios con información privilegiada bien sea como fiscal, juez, policía, o administrador de poderes económicos para gestionar apoyos sin ser apeados de la misma montura y con los mismos aperos que utilizo Fouché. 

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