A las madres y a los buenos hijos

Autor: Lucila González de Chaves
10 mayo de 2018 - 12:07 AM

Las de hoy, las de siempre; las madres de la eterna presencia en el recuerdo y en la gratitud…

Con los siguientes textos rendimos  reconocimiento a las madres, las de hoy, las de siempre; las madres de la eterna presencia en el recuerdo y en la gratitud; y a los buenos hijos, esos que  se han ido, cumpliendo su destino, pero cuyo corazón sigue acompañando; y a los que aún necesitan de sus padres porque su formación demanda su presencia física.

1. Poema del libanés Kahlil Gibran (1883 – 1931)

Una mujer que llevaba a un niño contra su pecho le preguntó a un maestro: Háblanos de los hijos.
Y él respondió: Vuestros hijos no son vuestros hijos. Son los hijos y las hijas de los anhelos que la vida tiene de sí misma.
Vienen por medio de vosotros, pero no de vosotros, y aunque vivan con vosotros, no os pertenecen.
Podéis darles vuestro amor, pero no vuestros pensamientos, pues ellos tienen sus propios pensamientos.
Podéis albergar sus cuerpos pero no sus almas; porque sus almas moran en la casa del mañana, la que ni en sueños, os es dado visitar.
Podéis esforzaron por ser como ellos, pero no intentéis hacerlos como vosotros, porque la vida no marcha hacia atrás, ni se detiene en el ayer.
Vosotros sois el arco por medio del cual vuestros hijos son disparados como flechas vivas.
El Arquero ve el blanco sobre el camino del infinito, y entonces, os dobla con toda su fuerza, a fin de que sus flechas vayan veloces y lejos.
Que el hecho, entonces, de estar doblados  en manos del Arquero, sea para vuestra dicha, porque así como ÉL ama la flecha que dispara, ama también el arco que permanece firme.
Por eso, vosotros tuvisteis la oportunidad de vivir vuestra vida, y la libertad de amar y hacer vuestra vida.
Deja que tus hijos vuelen solos del nido, cuando llegue la hora, y no los reclames para que vuelvan.
Ellos te querrán por siempre, y tendrán también su nido, del cual, algún día, ellos  se quedarán solos; pero fue su nido y su vida.
Déjalos libres, ámalos con libertad; no apagues el fuego de su hogar.
Vive y deja vivir, y ellos siempre te querrán.    
Lea también: ¿Hay bifurcación en la familia, la sociedad, la educación de hoy?

2. Poema del hindú Rabindranath Tagore (1861 – 1941)

Madre, ha llegado la hora de que me vaya. Me voy. 
Cuando la oscuridad palidezca y dé paso al alba solitaria, cuando desde tu lecho tiendas los brazos hacia tu hijo, yo te diré: ‘El niño ya no está’. Me voy, madre. 
Me convertiré en un leve soplo de aire y te acariciaré; cuando te bañes, seré las pequeñas ondas del agua y te cubriré incesantemente de besos. 
Cuando, en las noches de tormenta, la lluvia susurre sobre las hojas, oirás mis murmullos desde tu lecho, y de pronto, con el relámpago, mi risa cruzará tu ventana y estallará en tu estancia. 
Si no puedes dormirte hasta muy tarde, pensando siempre en tu niño, te cantaré desde las estrellas: ‘Duerme, madre, duerme’. 
Me deslizaré a lo largo de los rayos de la luna hasta llegar a tu cama, y me echaré sobre tu pecho mientras duermas. 
Me convertiré en ensueño, y por la estrecha rendija de tus párpados descenderé hasta lo más profundo de tu reposo. Te despertarás sobresaltada, y mientras miras a tu alrededor, huiré en un momento, como una libélula.
En la gran fiesta de Puja, cuando los niños de los vecinos vengan a jugar en nuestro jardín, yo me convertiré en la música de las flautas y palpitaré en tu corazón durante todo el día. 
Llegará  cargada de regalos, y te preguntará: ‘Hermana, ¿dónde está el niño?’ Y tú, madre, le contestarás dulcemente: 
‘Está en las niñas de mis ojos, está en mi cuerpo, está en mi alma’.  

3.”Deja que tus hijos” – M. Zárate

“[…] Deja que sueñen. A todo color, a todo pulmón, con el pelo suelto, los ojos abiertos, las manos al aire. […]. Deja que amen. Libremente, sin culpa, sin vergüenza. […] Deja que aprendan el dolor, el peligro, la amenaza. Deja que lo sientan; que aprendan a sentir los latidos de su instinto, y que, poco a poco, vaya ganando terreno la razón. Sin que despierte demasiado rápido, sin apurar el paso, cada etapa vivida a pleno.  […].
 Deja que nutran su alma de lo intangible. […] Deja que vean la belleza donde nadie más la ve…. Deja que pierdan. Deja que descubran la humildad. […] Deja que se rebelen. Deja que te muestren el futuro. Sé valiente y sin que te gane la melancolía, date cuenta de que hay un trecho que harán sin ti. Deja que den sus propios pasos. Camina junto a ellos, y míralos andar. Diles lo que sientes. Vive una vida junto a ellos y no por ellos. Deja que aprendan. Date cuenta de que un día tendrás que dejarlos ir. Deja la puerta siempre abierta. Y deja que vuelvan”.

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