¡Qué feo era mi barrio!

Autor: Reinaldo Spitaletta
26 noviembre de 2017 - 12:00 AM

Crónica-cuento para caminar por un pretérito imperfecto

Allí, en la casa de paredes sin revoque, vivió la familia González, rara para entonces, porque Mario, uno de los hijos menores de doña Lucila, violó a la mamá, que eso se dijo después de una mañana en la que el vecindario escuchaba los gritos de la señora, que decían algo así como ¡no, por favor, hijo mío, no ves que soy tu madre!, y después vieron salir desgreñado y sudoroso al muchacho, que ya no lo era tanto, corriendo por la carrera cincuenta, rumbo al parque, como si lo persiguieran guardias invisibles. O demonios. Nunca se supo.

Mario era un tipo desconcertante. Porque a veces, a los de la casa de los Londoño, que eran más bien pobres, les llevaba bolsadas de frutas y plátanos, que así lo contó uno de los que allí habitaba, el joven Leónides, hijo del carnicero y con tres hermanas que de seguro el tal Mario iba tras alguna de ellas, o de todas, porque era, según dijo una vez Zenobia, la de la otra cuadra, un insaciable. Tocaba la puerta y abría doña Liliana, la matrona, que recibía con sonrisas el presente al tiempo que el jovenzuelo preguntaba por las muchachas y cosas así, como se supo por las palabras de la misma señora, que el día en que le contaron que Mario había violado a su mamá, no lo podía creer, porque cómo iba a hacer algo tan terrible un muchacho tan bueno y generoso.

El barrio ha cambiado mucho, no por su aspecto, que sigue siendo casi el mismo de hace cuarentaitantos años, o más, sino porque ya los vecinos de entonces no están, o hay muy pocos, y algunos muy envejecidos, ya ni deben recordar lo que pasó, por ejemplo, cuando uno de los hermanos de Mario quedó loco, porque, en no sé qué parte de la ciudad, le dieron una aporreada del carajo y le dañaron el cerebro. Se llamaba Juan de Dios, era un buen jugador de fútbol, un muchacho atento, que a veces hacía mandados a los de las tiendas para llevar mercaditos a las casas, y no se sabe qué sucedió, pero lo dejaron más perdido que envolatado. Al principio, no se supo qué se había hecho, pero, no sé cuánto tiempo después, anunciaron que lo tenían en el manicomio, en tratamiento, y allá estuvo un tiempo y el pobre quedó repitiendo frases, que todo el día se la pasaba diciendo lo mismo, y doña Lucila no sabía qué hacer con el hijo, que a lo mejor ellapensó, es una suposición mía, por qué no le había ocurrido esa desgracia más bien a Mario.

Caminemos por esta acera y le muestro la casa de Teresa Flórez, que junto con su hermana Gabriela, era de las más bonitas de por aquí, digo, las muchachas, porque la casa no era, como usted lo verá, gran cosa, dos ventanas de vidrio al frente y un poco de piezas en galería, que yo iba a esa casa porque me invitaba Onofre, el hermano de ellas, a jugar cartas en el solar. El papá de ellos, don Silvestre, tenía un almacén en el parque, una miscelánea, y era un hombre más bien solitario, que mascullaba palabras, y a veces ni saludaba, no por maleducado, como creían algunas señoras, sino porque parecía ido, lejano, tal vez recordando a su señora muerta, que yo no conocí, y de la cual Onofre hablaba con adoración. En la sala había un retrato de matrimonio, de los iluminados a mano, y la señora, que era muy joven en la foto, tenía una sonrisa leve y una mirada de tristeza.

Acá vivió el orejón Cortés, que jugaba fútbol con nosotros, y era un buen mediocampista, con decirle que pegaba la bola al botín, cuál botín, si era su piel, porque jugaba descalzo, que no sé cómo hacía para tanta habilidad. No sé quién habita esta casa ahora, porque, por lo demás, hace tiempos me fui del barrio, aunque uno no se va del todo, algo de lo vivido, o mucho, permanece en las ventanas, aceras, ladrillos, callejones, cuadras. No volví a ver al orejón ni a nadie de su familia, eran dos o tres hermanas, más bien feítas, pero saludadoras. Y en la que sigue, sí, en esa, vivía un obrero de la fábrica de telas, con bicicleta Philips, y sus hijos, el Gordo y Jorge, eran parte de la gallada nuestra, claro, con fútbol, juegos de la guerra libertada, coclí-coclí al que lo vi, lo vi, y con incursiones a los frutales de las fincas de la periferia.

El barrio tenía cosas, dice una canción, pero no era la maravilla. No, para nada. Le digo que hubo épocas en que no teníamos agua permanente. Llegaba por horas y llena de gusarapos y bichos a granel. En la casa, bueno, en casi todas las casas de por aquí, había tanques, unos como piletas en el patio o el solar, que servían para zambullirse en el día de la lavada de los mismos. Algunos se llenaban de lama. En las casas de segundo piso, que no eran muchas entonces, había bombas de extracción. Era duro subir el agua. Para nosotros, no era un castigo, ni una carencia, porque éramos muy jóvenes, patoteros, que íbamos los fines de semana, cuando no día por medio, a los charcos de muchas quebradas, hoy muertas: los Rieles, Charco azul, la Piedrancha, el Búcaro, el Remolino, Los seminaristas y así.

A veces, había riñas a machete y piedra entre los más viejos. Era un espectáculo siniestro, pero atractivo, observar el voleo brillante de peinillas y el vuelo de las piedras, que todo se prestaba, porque esta calle era destapada, a veces con apenas una gravilla, o con asomos de brea, qué era horrible en invierno, y le digo que se agarraban don Abel, el Canoso, un tal Arboleda de la otra esquina, y armaban un zaperoco infernal, con señoras gritando, muchachos aplaudiendo y careando, ¡dale filo, hijueputa!, ¡quebrale la cabeza con ese kilo! (que así le decíamos a las piedras), y era más bien, visto desde hoy, una especie de festejo, con sangre incluida, como si fuera una tropel de toros. Al final, no había ningún muerto y las historias se contaban hasta medianoche en la esquina y en cada casa, que era imposible no seguir hablando de la contienda.

En esta esquina, que como ve usted todavía está en inmediaciones del anchamiento de una calle, espacio que llamábamos la plazoleta, que servía para picados de fútbol y correnderías de juegos a montones, estaba el bar del Bizco Arturo, un señor montañero, así le decían muchos, que colgaba chorizos del techo, parecían a veces un conjunto de ahorcados, o tal vez una rama de esos árboles llenos de vainas, bueno, y los borrachitos eran los mejores clientes de esos embutidos, a los que, desde la calle, les tirábamos con lanzadores de resorte tachuelas de alambre que nosotros fabricábamos para también probar puntería con las piernas de las señoras, y más que con ellas, con las medias veladas con vena, y tras acertar en el blanco apenas se escuchaban los madrazos y despotricamientos.

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Bueno, no le cuento más sobre incidencias en el bar, que tenía desde luego una pianola con tangos y otras músicas, como las de unos cantores que me chocaban tanto, Los Cuyos, y de Margarita Cuento y Juan Arvizu, creo. El barrio era feo a más no poder, aunque, le digo, a mí me parecía lindo. No sé por qué. Muchas casas sin fachadas aparentes, los alambres de la energía pegados a ellas, con una crucetas o más bien con unos triángulos metálicos, con aisladores, que también, a veces, nos servían como canastas de basquetbol, al que jugábamos (es un decir) con pelotitas de hojas de cuaderno.

 

¡Ah!, y a propósito de las hojas de los cuadernos de tareas, nos servían para muchas cosas más: cuando llovía en esta calle se formaba un río con agua amarillosa, turbia, y entonces confeccionábamos unos barquitos preciosos, que por aquí, aunque no me lo crea, teníamos astilleros. Los tirábamos al navegamiento y al final de la calle, allá, sí, donde estaba la casa de María Cocuyo, una señora de gafas gruesas, culo de botella, había un desagüe público en el que naufragaban los veleros.

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En los días solariegos, secos y ardientes, el polvero era aterrador. Por estos sectores había mucha tierra amarilla, a veces rojiza, y abundaban los pájaros sobre las alambradas eléctricas, en los postes, en los aleros de algunas casas, que por acá, qué vaina tan desértica, nadie sembraba árboles, es más, no había espacio para ellos, eran puras aceras y pare de contar, que sin embargo, a la vuelta, por donde vivía la familia Delgado, sí había sanjoaquines y crotos.

Vea, pues, que hoy, que he vuelto a recorrer estas callecitas, pocas caras conocidas quedan. No está la tienda de doña Marta y don Pedro, ni está la hija del tipo que trabajaba de chofer del carro de bomberos, entonces una muchacha de caminar embelesador y a las que las otras féminas de por acá le decían La creída. No sé nada sobre doña Cruz ni su marido, un grandote ceñudo y con cara de celoso, que así escuché una vez decir a doña Sofía, que tampoco era pera en dulce, que, además, no dejaba que sus hijos se juntaran conmigo, por vago y desgualetado, según sus palabras.

No sé porque me dio en fin de año por retornar a estas antiguallas, y solo por mostrarle a usted dónde pasé momentos felices, cuando no teníamos ni documentos de identidad y jugábamos en la calle, que era nuestro cosmos, con estrellas y agujeros negros. Hoy, como puede apreciar, hay asfalto, las fachadas, bueno, casi todas, están repelladas, hay construcciones de tres y cuatro pisos, y los que habitan ahora nada les dice mi rostro que el tiempo ha borrado, porque ya es otro. Caminemos sin mirar atrás que el año está por terminar y es mejor no pensar en cosas que poco nos importan, como el denominado porvenir, que lo único cierto es lo vivido.

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