“¡No tengáis miedo!” Ha dicho su santidad

Autor: Lucila González de Chaves
14 septiembre de 2017 - 12:07 AM

Ese “¡no tengáis miedo!” de S.S. debe seguir resonando no en una comunidad particular sino en todo ser humano.

Estoy segura de que cuando se siente nostalgia por alguien que se va, es porque ese alguien nos ha removido nuestra vida interior, ha podido penetrar hasta los recónditos lugares de nuestra reflexión y de nuestros sentimientos. ¿Cuál es su imán?  Pues, que es un jefe de la iglesia a imagen y semejanza del Jesús que amamos entrañablemente.

Ese “¡no tengáis miedo!” de S.S. debe seguir resonando no en una comunidad particular sino en todo ser humano:

1. En los jóvenes, a quienes, amorosamente, les amplió el horizonte de la alegría, invitándolos a su permanencia en  la esperanza. Los  convocó a no dejarse arrebatar la esperanza;  en esta residen el amor a la vida y el servicio.

Y como definición iluminante, dijo: “La juventud no se deja enredar por historias viejas; miran con extrañeza cuando los adultos repetimos acontecimientos de división, simplemente por estar atados a rencores”.

Luego, les demandó esto: “Ayúdennos a nosotros los mayores, a no acostumbrarnos al dolor y al abandono”.

2.¡Inmensa lección  para todos!: maestros, padres de familia, gobernantes, jefes de empresas, clases sociales, directivos, que seguimos  sosteniendo disciplinas y predicando compromisos y ética, con las mismas historias de siempre, impuestas apasionadamente como si fueran el único camino hacia el saber, la virtud y el respeto por el otro; que volvemos invisibles los nuevos rumbos y “el soñar en grande” de esa  juventud cansada de la monotonía y, a veces, de la ineficacia de los caminos de siempre; no entendemos ni aceptamos los nuevos rumbos, el nuevo oxígeno que su vigor y sus renovados afanes de autenticidad, reclaman.

Lea también: El poder de la palabra

3. ¡Consoladora lección para los ancianos! que  vemos mermados y arrinconados por los demás, nuestros espacios físicos, espirituales, intelectuales; ¡cuánta angustia causa que nos desubiquen, y que nuestras reflexiones sean calificadas como “cosa de viejos”. Nosotros también necesitamos esa voz de alerta de Su Santidad: ¡“Sigan adelante. No se dejen engañar. No pierdan la sonrisa. No se dejen robar la alegría y la esperanza”.

4. ¡Impostergable lección para los sacerdotes! y para todos los  “consagrados”. ¡Ellos saben bien qué les dijo el hermano Francisco!…  Contundentemente, los invitó  a dejar   las comodidades, el alivio de los aires acondicionados en las acogedoras oficinas, la placidez de las poltronas, el facilismo y la superficialidad en las predicaciones y catequesis, que en esta sociedad del siglo XXI, ya no convencen, no guían,  no despiertan ningún compromiso con el Señor Jesús. Les pidió ir a la periferia  para conocer otras vidas, para hacerse cargo del dolor y la miseria, para rescatar la dignidad humana.

5. ¡Imperecedera lección para los católicos y no católicos! No tener miedo de los cambios que cada época trae; nada puede ser igual, y menos, para siempre. No tener miedo a las tinieblas de ese horizonte nuevo, detrás de las cuales, las generaciones venideras encontrarán sabiduría y nuevas formas de vivir, de pensar y de sentir. Derrotar el miedo recibiendo cada momento con alegría, pese a lo desconocido, y vivirlo intensamente; eso es vivir con esperanza,  lo que  recomienda y vive, a sus ochenta y un años, S.S.

 “¡No os dejéis arrebatar la esperanza!”.

Además: "La Osadía de Hacer Patria"

No debiéramos tener miedo a los cambios generacionales. Esos años nuevos que se van juntando con los nuestros, ya añejos, nos vigorizan, nos pueblan lindamente el horizonte y nos crean deseos de vivir, para poder testimoniar la grandeza y fidelidad, el amor y la alegría con que han de  vivir nuestros muchachos.

6. Aprender a “ADORAR”. ¡Cómo ignoramos esto los católicos! La mayoría de nosotros resolvemos nuestra relación con el Señor Jesús,  suplicando, demandando. Su Santidad, con sus profundas lecciones dadas a cada minuto, en cada gesto, inclusive, con su extraordinario talante, nos recomendó: “no se olviden de adorar”.

Y adorar no es pedir, rogar y suplicar; adorar es reverenciar, venerar  al Dios  presente y viviente en nosotros; agradecerle y permitirle ser Dios en nuestra vida. Solo así podremos cumplir lo que nuestro hermano Francisco nos recomendó: “No piensen tanto en la situación ideal, piensen la situación real”, ¿nos llamaba al compromiso de ser menos soñadores y trabajar más en el real y fraterno encuentro de unos con otros para revitalizarnos?, ¿pensaba en ello cuando definió a nuestra  patria diciendo: “Colombia es un sendero de sufrimiento y de sangre”?

Y agregó: “No le tengamos miedo a esta tierra compleja”. Y el por qué no tenerle miedo a sus complejidades,  está en estas otras palabras, que –creo – son un desafío: “Dios quiso hacerse vulnerable y salir a callejear con nosotros… ir a las periferias… ser callejeros de la fe…”; mostrar la figura y el amor de Jesús.

En el momento en que adoctrinaba sobre la “fertilidad” necesaria para la siembra y para dar buenos frutos…, de repente, nos miró y nos increpó: “¿Cómo es la tierra en que crece la vid en Colombia?”

Y después de hacer el recuento de nuestros inútiles y desorientados tanteos en busca de lo que no conocemos ni hemos construido, nos retó nuevamente; pero especialmente, a los jóvenes a quienes les dijo: “¡Hay que encausar la inquietud!”

Su Santidad: insistentemente,  nos pidió orar por usted. Pero… es más urgente que usted ore por nosotros para que podamos “subir a la barca, luchar con las tinieblas, con los miedos que nos inmovilizan y retardan”, y poder defendernos del mar de inquietudes, de tantas desazones, desencantos, vulnerabilidades, errores… ¿Recuera sus brillantes metáforas en  su primera homilía en la misa en Bogotá?

Santidad, su última homilía en Cartagena…

No, ¡dejemos que la reflexionen otros… pero, otros con conciencia humanística y no política, con ideas honestas y no sesgadas!

Gracias, hermano Francisco, por aquellas palabras cabalístas que horadaron nuestro orgullo: “Jesús nos asiste para que seamos más humanos, más misericordiosos; pero, cuando no es posible… Él sigue ahí, hasta que nosotros levantemos la cabeza, miremos hacia arriba y nos demos cuenta de que estamos caídos”.

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